Becas gordas para las vacas flacas.

Me ha llegado al correo una proposición de beca para escritores nacidos antes de que el mundo se fuera al garete y que tiene esa gracia y pinta suculenta que pocos trabajos ofrecen, en concreto 1300 euros para gastar en bolígrafos bic y cuartillas y vino, durante un año en la Ciudad Condal (que es esa que está al nordeste  de nuestras fronteras) mientras uno asiste de manera gratuita a uno de esos pomposos o pompeus másters universitarios sobre creación literaria.
Hace unos años un amigo mío cuyo nombre no diré, solía pensar que para escribir la que él llamaba la novela del siglo sólo podía huir de la ciudad en la que se encontraba (fuera cual fuese) dejar su trabajo a medias y, petate mediante, marchar al extranjero con unas cuantas perras gordas a dedicarse por exclusivo al arte, honrosa manifestación que atenta directamente con la vida o te aleja de ella. Ocurriósele por entonces que dicha ciudad era Santiago de Chile  y allí, en un cuarto alquilado en el que crecía lúbrica la ficción diez horas al día, le pilló el Más

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