Todos somos nadie

Existen dos clases de pobrezas, la intelectual y la del fondo de los bolsillos y luego existe una tercera que es la peor de todas: la que resulta de la suma de las dos anteriores, la de aquellos que lo intelectual parecen tenerlo sólo en el interior de los bolsillos vacíos. Mediocridades, sin embargo, hay muchas, todo un espectro de medio llenos y medio vacíos, de intelectualidades disfrazadas o aparentes que oscilan desde la pobreza absoluta hasta la mayor de las riquezas y cuya luz no suele valer para iluminar nada más que el rostro de sus dueños.

En esta medianía cromática es en la que se instala toda esa escala social que aún hoy orgullosamente se autodenomina “clase media” obviando conscientemente que el adjetivo que la reúne no habla más que de mediocridad. Como dice en este libro uno de sus ecuestres personajes: “¿Sabe usted que “término medio”, significa “triste mediocridad?” Yo digo: id en primera clase o en tercera, casaos con una duquesa o con una fregona. El término medio implica respetabilidad y la respetabilidad miedo y ñoñería.

Pero el hábito no hace al monje y tanto hoy como hace un siglo, esa ñoña clase media puede subirse al  (LEER MÁS EN ÁMBITO CULTURAL)

Anuncios

reseña a Imago.

QUE VEN MIS OJOS

Imago

Carl Spitteler

Nórdica libros

Pp: 229

Maravillosa sorpresa. Así expreso la aparición de Carl Spitteler en mi vida literaria, autor Suizo, poeta, premio novel de 1919 al que la guerra posiblemente confundió entre sus fechas y que por eso, quiero pensar (cuanto menos para mi) permanecía oculto – aunque presentido-. Maravillosa sorpresa, digo, haberlo conocido de la mano de Nórdica libros (gusta cada vez más la calidad de las pequeñas editoriales de este tipo a la hora de traernos a colación libros tanto en su faceta impresa como en su selección de títulos)

Maravillosa sorpresa, repito.

Imago fue la única novela que escribió Spitteler y que tildaron de autobiográfica. Aún en el caso de que lo sea, la distancia para con el texto y su personaje principal, es tal y tan moderna y fresca, que uno diría que caso de ser la novela autobiográfica – difícil deducir donde empieza lo uno y acaba lo otro- podríamos asegurar que Carl era un hombre capaz de verse a si mismo por el agujero de la cerradura más distante íntima y patética, a modo – salvando las distancias estilísticas- del fantástico Jon Kennedy Toole en la Conjura de los necios. Y es que Víktor, el personaje central del libro – un hombre que llega a un pueblecito de la burguesía Suiza- un poeta, quizá no importe, alguien en fin con cierto espíritu renacentista, resulta tan patético y cercano que su complexión nos sorprende a nosotros mismos en la más degradante y divertida de nuestras posturas: Como panza arriba con un dedo en la boca o sacándonos los mocos, babeando por la mujer perdida, intentado, por ejemplo, robarle la correspondencia y destrozando el buzón en ese menester.

Imago – que tuvo una gran acogida en la comunidad psiconalítica de la época y que dio nombre al término Jungiano que explica la representación de una imagen falsa, inventada, que establece nuestra conducta para con aquello que nos rodea y que designa la tópica entre lo real, lo imaginario y lo simbólico- nos relata la historia de este Víktor que aparece en una ciudad desconocida … (“aquel viajero”)…” en busca de una mujer – la esposa del director Wyss- a la que conoció brevemente en un balneario y que el asegura está loca por él. La fricción se produce entre lo que Víktor desearía fuera cierto – esa locura de amor- y lo que realmente pasa; que la mujer del director no le hace ni el más puto caso. Víktor penetrará a fin de hacerse con ella y de demostrarle al mundo “su verdad” en el tejido burgués de la pequeña localidad de X que le acoge,  pero su posición entre estos se verá ciertamente condicionada por la aparición de Imago y de otros fantasmas  – pedazos de su yo encubierto que hablan en nombre de lo noble, de lo real, de su arrojo, de su miedo o de la moral- y que marearan a nuestro héroe que a ojos de aquellos que le han acogido, será al tiempo un monstruo, un hombre enfermo, o una persona dulce y genial, o a saber, dependiendo del día y de cómo se comporte en las más alocadas de las situaciones, y dependiendo, así mismo, de con que parte de sí halla hablado nuestro amigo por la noche y cual parte de sí le haya convencido de lo que debe o no de hacer: Pseudo, la esposa falsa del director que se le aparece bajo la forma real – la de Imago- pero que siempre le rechaza y le encoleriza, Theuda, la cierta esposa, de la que ya no sabe que pensar y que anda por ahí olvidándose de él, o Imago – la divinizada a la que sólo le queda rendir tributo y pleitesía y a la que Víktor – y su pueblo interior con el que habla y al que le promulga leyes- rinden tributo en una forma – y en un lapso de la novela- de un modo que bien recuerda a la más antigua de las representaciones: la Platónica de la belleza que se produce en la divinización y posterior trascender de la idea sobre la forma.

Una novela multiforme y multi-idea (¿?) compuesta por el líquido gaseoso del espejismo, en la que Víktor resalta en su plenitud infantil – podríamos decir edípica (la sociedad y la mujer del director Wyss que la corona, son extensiones de las relaciones familiares)- cruel aunque en el fondo noble, caprichosa y a veces retorcida, que nos recuerda en una suerte disparatada, más espiritual y romántica pero no menos moderna y patética, al Ferdidurke de Gombrowitz, y a los tratamientos – la representación de lo real, su reasignación o re-emplazamiento en lo individual – de los subrrealistas posteriores, sólo que doce años antes de que todo esto ocurriera, en el año 1906 de nuestro señor en el que la novela Imago se escribe y se imagina.

Desde luego no desentrañaré el final de la fatídica lucha de nuestro hombre, pero del vulgo vivido entre la idealización de la mujer que Víktor ama, y su constante golpeteo en las tejas de lo cierto – la sociedad en la que vive la mujer real y no la idealizada- solo se puede salir (tema este que hoy nos atañe tanto como entonces) tristemente liberado.

Maravillosa sorpresa.

Pocas veces una caída fue descrita con tanta gracia y tanto vuelo.

A %d blogueros les gusta esto: