La Nave Va, o no.

El mar no es sólo una extensión líquida de nuestra tierra y los barcos que la habitan no son sólo barcos de recreo, de mercancías, de pesca o de guerra. Como bien nos enseñaba Moby Dick los grandes barcos se convierten en un recurso perfecto en el que cristalizar en una medida menor los elementos que habitan nuestra sociedad. Son metáforas flotantes  y no dejan de serlo hasta que los muertos reales las convierten en barcos más que ciertos.

Inconscientes siempre ha habido y sería pueril pensar lo contrario pero la sóla idea de que un capitán de barco se acerque a un escollo para darle satisfacción a su jefe de comedor que es oriundo de la isla cercana al rompiente (verla iluminada pasar en la noche como un negativo ardiendo) me resulta del todo metafórica a nuestra época, una época en la que el precoz capricho debe ser satisfecho pese a sus consecuencias o porque las consecuencias ya no son motivo de pensamiento en la rápida inercia de los hechos. Si el Titanic (las odiosas comparaciones) fue símbolo de Más

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