Cuando el Árbol de Guernica sea una palmera

Hace no mucho tiempo, yo apenas sumaba los catorce años, fui partícipe de un hecho insólito, de aparente corte banal, pero terriblemente relevante. Por entonces yo era un protopúber muy enfadado y dolido en general, que quería molar mucho y ser más guay que las maracas. Vivía en mi patria chica, que iba desde el barrio (feo a parir) de Recalde, por el norte hasta el Parque de los Patos (de Doña Casilda para las señoras de visón y sus maridos de jersey al cuello), por el este hasta la anteiglesia maqueta de Santuxu y por el sur hasta los lejanos aledaños de Irala, pasando por el emblemático barrio de Las Cortes, primer ensanche y ahora plaza de las putas. Hablo de Bilbao, que no del conjunto metapoético de los Cárpatos Vascongados que reúne las tres provincias. Mi dolor y mi rabia, apenas capaces de ser razonadas, encontraban sus enemigos en lugares abstractos o más cercanos que el estado vecino y español. A diferencia de otros (pero sí como muchos otros) no tenía yo inscripción política ni ideales que usar como coartada para mi personal batalla adolescente. Despreciaba consciente y airadamente ese tipo de venganza torpe que, promovida desde los círculos abertzales, reunía a los adolescentes más buenos y tontos bajo una bandera y un guerrear absurdo a golpe de kalimotxo y proclama independentista. Yo, por entonces, ya bebía cubatas en los bares y me iban más las mujeres que las banderas. Encontré mis propias vías de venganza en otros lugares, de los que no cabe hablar aquí, y entre tanto observé como la llamada Kale Borroka, los cachorros (aquellos niños con niqui arrantzale, pantalón de Quetzal, riñonera y palestino, de cara amable y jugadores de fútbol por doquier) asistían a una desmembración inquietante y asombrosa. Más

Anuncios

Mundocirco

 

Allá por 1983, Terry Pratchett, publicó el primer libro de su saga Mundodisco, un libro con ejércitos cobardes, brujas melifluas, y un mago vago cuya ambición era pasar de largo sin más pena que gloria por un mundo épico ido al carajo, surrealista y del revés, como la canción de Paco Ibáñez. Algunos quizá recuerden el libro más por sus series televisivas o adaptaciones, o quizá por su incursión en las aventuras gráficas para PC, que puso a Lucas Arts y su saga Monkey Island en un serio apuro, porque implementaba el mismo humor de vodevil y la misma fanática intención de poner entre comillas nuestro presente a través de un universo soñado y correlativo (de correlato, no de sucesivo). Un mundo, este de Mundodisco, plano como la onda cerebral de un burro, apoyado sobre el lomo de cuatro elefantes torpes que, a su vez, apoyaban sus patas sobre la concha de una tortuga titánica, desinteresada e interespacial. Y es que el mundo quizá no ande muy lejos. Recuerdo la fábula. Un maestro estaba dando clase cuando dijo a sus discípulos que el mundo era plano. Un discípulo le preguntó en que se apoyaba el mundo plano, a lo que el maestro contestó: “en el lomo de una tortuga”. Y continuó dando clase. Al punto, el mismo discípulo levantó la mano y el maestro presuroso, sin dejarle siquiera hablar y viendo por donde iba el alumno preguntón, contestó raudo Más

A %d blogueros les gusta esto: