ÉRASE UNA VEZ UN MUNDO AL REVÉS.

Una de las mejores cosas de votar sin duda, es que, pese a que llevo ocho años en la ciudad de los cielos ilimitados, continúo empadronado en la capital económica vasca, el Gran Bilbao llamado Gran por su corazón ya que dudo que sea por su ensanche aún incluyendo las dos márgenes hasta el mar. Ésta, a todas luces descabellada desviación territorial que no me permite acceder a ayudas en la generalísima capital, me permite encontrar una excusa para visitar a mi madre y asistir con ella y mis amigos a mi viejo colegio de infancia así como a los posteriores recuentos. Los vemos con el ansia en la boca, los celebramos como partituras de Beethoven. Obligados por una tradición familiar mi madre y yo, así como mis amigos, nos cambiamos los votos así que yo voto a lo que ella vota y ella vota a lo que yo voto y mi amigo vota lo del otro y el otro lo del de mas allá. Se trata de un humilde ejercicio democrático que intentamos trasladar desde los salones de nuestras casas hacía toda la ciudadanía.
Sobra decir que desde mi más tierna infancia la única razón que me hacía desear ser mayor de edad era Más

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