De dudosa legalidad

 El horizonte de Madrid visto desde la distancia resulta estar más negro que los cojones de un grillo.  No es algo que tenga que ver con el 2020 ni sus discutidos o ridículos juegos olímpicos ni con la futura buena o mala gestión de la señora  Botella, no. Este es un horizonte de terrible inmediatez. Es el horizonte que componen edificios y avenidas, el mismo sobre el que cada año se nos señala: “Disculpen pero esto está menos saneado que las cuentas de la banca”.

 Este principio de año no huele a chamusquina como todos pensábamos sino a dióxido de nitrógeno. Y es que la capital se ha puesto a lanzar humo como una locomotora de carbón, superando el 35% de lo permitido, o sea, un cuarto largo de lo legal y todo lo que tenía previsto para el curso de 2012. Se parece mucho a un fumador que siempre está fumándose el último pitillo, de ésta que lo dejo. Lo raro es que nos sorprenda, porque estar por encima de lo “legal” es de resultas Más

de grandes vías.

Leo con un particular interés y una pasión casi asesina que la Generalitat desea prohibir el consumo de comida rápida en las calles cercanas a las ramblas incluido el tramo de la Gran Vía de Les Cortes Catalanes –antigua avenida Primo de Rivera, que diría el muerto con tanto entuerto- que pasa junto a la plaza universidad y cercanías. El artículo, publicado en el Mundo, no da ninguna señal de si se permitirá el consumo de butifarra, pues se centra en la crucifixión del Kebab, como producto sucio, pringoso y extranjero –supongo-. La medida lleva por nombre Plan Especial de Establecimientos de Concurrencia Pública, Hostelería y Otras actividades (a saber cuáles) y que comúnmente se llama Plan de Usos, cosa que me suena a libreto de buena educación y modales del XIX. Quizá la Generalitat le ponga al libreto dibujos a plumilla con tristes turistas sentados en bancos y deseosos de llevarse algo más que un beso a su afrancesada boca. Recuerdo una de las aventuras de Flash Gordon, en la que Flash –ario y musculado- llegado a un planeta extranjero y perdido en algo que llamaban el bosque oscuro, descubre que tal bosque no es ni mucho menos lo que parece sino un holograma o espejismo que han creado unos personajillos verdes y chiquitos para esconder de las visitas su ciudad futurista (no recuerdo si era llamada Ciudat Vella o qué diantres). Una ciudad, en cualquier caso, en la que impera la disciplina y la moral, el uso y el desuso del “gracias” permanente y no recuerdo si también la cartelería en catalán, y a la que Flash y sus acompañantes son invitados bajo estrecha vigilancia. Y allá van Flash, el doctor Zarkov y la enamorada Dale con pinta de polacos extasiados. No tardan, ni el superviajero intergaláctico ni sus amigos, en demostrarse a sí mismos y a los personajillos verdes que las bajas pasiones humanas (el hambre y las ganas de comerse un bocata de calamares) no son posibles en una ciudad como esa porque contagiarían su civilización marciana y Flash (que mira que era bueno de cojones) y sus amigos son desterrados de semejante cielo de cartón pluma y devueltos a la falsa macarrada del bosque oscuro y holográfico. Algo así quizá nos pase algún día allí donde Aragón pierde su nombre y deja de ser el País Vasco, esto es, en las fronteras de Catatonya. En fin, de personajillos verdes más papistas que el Papa está el mundo lleno. Sin embargo, aquí, en nuestro Madrid canalla de los Urales, la chiquita Gran Vía, lejos de abandonar el Kebab y el botellón, promociona sus cien años de recorrido desde que el bueno de Alfonso XIII le pegará con una azada y diera comienzo a la obras. Tenemos toda clase de actos, ediciones de libros de aniversario galantes y de tapas duras, galerías de fotos, conciertos de chotis y comilonas bajo el sol, y por una vez en la historia del Broadway Madrileño les pedimos amablemente a las putas que abandonen la vía pública y a los chinos que dejen de vender en ella sus maravillosos arroces para que una muchedumbre de ancianos y nostálgicos que devoran pipas vean pasar al rey, y le saluden -que uno no sabe si se tapan del sol o lo saludan o se disponen a toser-.

Leo que durante este periodo de cumpleaños se ha decidido duplicar los servicios de limpieza, así como controlar mejor la insonorización de los locales de la zona, ampliar el efectivo policial, reducir el ruido del tráfico y se han tomado medidas para que los focos de los actos que se organicen en la vía pública no alumbren ninguna fachada que pueda dejar enmal lugar la calle castiza. Medidas de cumpleaños, no se crean, que ya regresarán las putas, los chinos, el ruido y sus fachadas y comenzará de nuevo la fiesta de verdad. Y es que no se puede ser ni más papista que el Papa, ni menos que el profesor liberal. Flash Gordon opina que el futuro está en Burgos o en Murcia y entre tanto intenta huir del bosque oscuro y de sus pérfidos hologramas, como lo intentamos todos.

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