Todos somos nadie

Existen dos clases de pobrezas, la intelectual y la del fondo de los bolsillos y luego existe una tercera que es la peor de todas: la que resulta de la suma de las dos anteriores, la de aquellos que lo intelectual parecen tenerlo sólo en el interior de los bolsillos vacíos. Mediocridades, sin embargo, hay muchas, todo un espectro de medio llenos y medio vacíos, de intelectualidades disfrazadas o aparentes que oscilan desde la pobreza absoluta hasta la mayor de las riquezas y cuya luz no suele valer para iluminar nada más que el rostro de sus dueños.

En esta medianía cromática es en la que se instala toda esa escala social que aún hoy orgullosamente se autodenomina “clase media” obviando conscientemente que el adjetivo que la reúne no habla más que de mediocridad. Como dice en este libro uno de sus ecuestres personajes: “¿Sabe usted que “término medio”, significa “triste mediocridad?” Yo digo: id en primera clase o en tercera, casaos con una duquesa o con una fregona. El término medio implica respetabilidad y la respetabilidad miedo y ñoñería.

Pero el hábito no hace al monje y tanto hoy como hace un siglo, esa ñoña clase media puede subirse al  (LEER MÁS EN ÁMBITO CULTURAL)

Necesidad de un western

Decía Cioran que históricamente España tuvo comienzos fulgurantes, que llegada demasiado pronto, trastornó el mundo y se dejó caer: «esta caída se me reveló un día. Fue en Valladolid, en la Casa de Cervantes. Una vieja de apariencia vulgar, contemplaba el retrato de Felipe III; “Un loco”, le dije. Ella se volvió hacia mí: “Con él comenzó nuestra decadencia”. Yo estaba en el corazón del problema. “¡Nuestra decadencia!”. Así que, pensé, la decadencia es, en España, un concepto corriente, nacional, un cliché, una divisa oficial».

Hacer caso a Cioran siempre es tan peligroso como no escucharle pero desde luego sus palabras nos dejan un soniquete en la cabeza: sin duda Cioran desea señalar la antigüedad histórica de nuestro país que se reveló como primera potencia al descubrir las Américas y que alcanzó su clímax con Felipe II para sumirse después en una larga pérdida. Toda esta caída anterior al resurgir de los nuevos y grandes imperios del siglo XIX nos confiere (frente a otras naciones) un aspecto de cansancio infinito, una embrutecida sensación de estupidez, la señal de la vagancia que antecede a un naufragio, como si efectivamente viviéramos de más y nuestro futuro ya hubiera sido y no fuera a ser.

Nuestro único relato de superación y heroísmo (abandonado nuestro Cid a las puertas de Valencia) se forja en la figura del pillo, alguien que (LEER MÁS EN ÁMBITO CULTURAL)

Ese otro holocausto

Las vacaciones lo son, en mi caso, en todos los sentidos. Abandono la tarea regular de escribir y abandono con ella el resto de ritos que, durante el año, soportan la metodología de mi existencia. Uno huye de la capital, del rebaño de las cosas de su casa, de las lecturas novedosas (entendidas como novedad) de amigos, conocidos y editoriales cercanas y busca refugio en lo ocioso. También es la época en la que se acostumbra a leer clásicos mamotretos que uno había dejado en reposo o en stand by para épocas que permitieran una lectura remolona como la de los cerdos en la cerdería del barro. Uno de estos ladrillos capaces de sostener una casa de adobe en Somalia es La Familia Moskat, novela ejemplar del Premio Novel Bashevis Singer que me ha acompañado durante la época estival y que he leído al lado de un arroyo y bajo un sol pacificador de Agosto, nublado en el norte de Hispania. Sobra decir que aquel que lee a Bashevis cae siempre en su red como un molusco. Novelas como Más

De Los Videojuegos, la Literatura, y Wikileaks

De un tiempo a esta parte sólo encuentro cierto abrigo en los videojuegos. Pese a su insatisfecha violencia (GTA IV), sus reiterativos diálogos o misiones (Gothic 3) o su brevedad (Mafia II), al menos los videojuegos, de algún modo aún prehistórico, intentan contarme una historia, cosa que, desde Stevenson, parece no conseguirlo la literatura, convertida en un sumidero de tesis varias, metalenguajes muchos y elevadas razones de existir. Pese a la aún esquelética trama en los videojuegos y aunque Vargas Llosa nos haga llorar en su discurso del Nobel y regale a la academia un relato inédito (no es broma, será el mejor pagado de sus relatos), los juegos contienen una humanidad lúdica de la que la literatura se intenta deshacer desde los santos existencialistas y aún antes. Contar una historia es el origen de todo y sino que se lo digan a los apóstoles. Los periódicos lo saben hoy mejor que los autores y por eso amenazan con Wikileaks para los próximos seis meses. Se reúnen en sótanos y le dan fecha al material, lo ordenan y van construyendo la trama del diario. Wikileaks también lo sabía, lo de contar una historia, o varias, pero parece que está tan (LEER MAS EN CULTURA+)

Carta de Claudio a Lolita.

Yo, Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico Esto-y-lo-otro-y-lo-de-mas-allá (porque no pienso molestarlos todavía con todos mis títulos), que otrora, no hace mucho, fui conocido de mis parientes, amigos y colaboradores como “Claudio el Idiota” o “Ese Claudio” o “Claudio el Tartamudo” o “Clau… Clau… Claudio, o, cuando mucho, como “El Pobre Tío Claudio” voy a escribir ahora esta extraña historia de mi vida. Así comienza Yo, Claudio, novela que, conjunto a Claudio El Dios y su Esposa Mesalina, segunda falsa parte del artefacto, entra en mi top ten como un elefante en una cacharrería. Basta este principio de párrafo para saber que uno está ante algo grande (nada menos que, sumadas, mil y algunas páginas). Un principio de párrafo que con aquel Yo tenía una graja en África o el afamado Lo-li-ta, entran en mi top five de “¡Venga, no me jodas!” que es lo que uno debe de exclamar al comienzo de toda buena novela. Voy a dar por supuesto que todo el mundo conoce el tema de la novela: el relato de Roma y sus Césares desde la muerte de Julio y la ascensión de Augusto, hasta la vida de Claudio, pasando, como no podría ser de otro modo, por Tiberio y Calígula.

Leo en la web y en algunas reseñas y críticas que la segunda parte, este Claudio el Dios y su Esposa Mesalina es menor que la primera parte: Yo, Claudio. Semejante aseveración me parece Más

Literatura en la dirección ideal.

Hasta ayer mismo yo ni siquiera sabía que existía un premio Nóbel de literatura. Algo al respecto había escuchado por aquí y por allá, pero como Scobie (en El Cuarteto de Alejandría cuando le preguntaban sobre La Virgen) “desconocía, por así decirlo,  funciones”.  Lejos de meterme en intrigas policiacas respecto a las decisiones del jurado del Nóbel, de si la desorbitada cifra como premio es la que produce tanta emoción, o lo que produce emoción es eso que los periodistas llaman “la consideración a toda una carrera”, o si la una y la otra son la misma cosa. Lejos de todo eso o de pensar si existe una relación judeo-masónica-evangélica entre la fumata blanca y la puerta blanca del Nóbel de donde surgen las decisiones (cosas, todas, que veo se barajan en la intriga de la red), a mí lo que realmente me llama la atención es la frase bajo la cual se entrega el dichoso premio. Y que reza: “a quien haya producido en el campo de la literatura la obra más destacada, en la dirección ideal”.  Y es que la aclaración final de la frase, lejos de aclarar lo ya transparente, resulta de lo más perturbadora. ¿Se puede saber qué es la dirección ideal? Si así fueran las bases de un premio de esos de envío de manuscrito (por quintuplicado, terrible espacio y a una cara) uno no tendría ni remota idea de qué carajo debe escribir. Se vería con las de San Quintín y no como cuando alguien se presenta al premio de Roque de Briberas. ¿La dirección ideal de quién? ¿De quiénes? ¿Ideal entendido como excelencia? ¿Entendido como corrección política? ¿De quién, para quién, ideal para qué? ¿Como utopía? Extrapolarlo hacia el terreno de lo político parece inevitable Más

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