Cuando el Árbol de Guernica sea una palmera

Hace no mucho tiempo, yo apenas sumaba los catorce años, fui partícipe de un hecho insólito, de aparente corte banal, pero terriblemente relevante. Por entonces yo era un protopúber muy enfadado y dolido en general, que quería molar mucho y ser más guay que las maracas. Vivía en mi patria chica, que iba desde el barrio (feo a parir) de Recalde, por el norte hasta el Parque de los Patos (de Doña Casilda para las señoras de visón y sus maridos de jersey al cuello), por el este hasta la anteiglesia maqueta de Santuxu y por el sur hasta los lejanos aledaños de Irala, pasando por el emblemático barrio de Las Cortes, primer ensanche y ahora plaza de las putas. Hablo de Bilbao, que no del conjunto metapoético de los Cárpatos Vascongados que reúne las tres provincias. Mi dolor y mi rabia, apenas capaces de ser razonadas, encontraban sus enemigos en lugares abstractos o más cercanos que el estado vecino y español. A diferencia de otros (pero sí como muchos otros) no tenía yo inscripción política ni ideales que usar como coartada para mi personal batalla adolescente. Despreciaba consciente y airadamente ese tipo de venganza torpe que, promovida desde los círculos abertzales, reunía a los adolescentes más buenos y tontos bajo una bandera y un guerrear absurdo a golpe de kalimotxo y proclama independentista. Yo, por entonces, ya bebía cubatas en los bares y me iban más las mujeres que las banderas. Encontré mis propias vías de venganza en otros lugares, de los que no cabe hablar aquí, y entre tanto observé como la llamada Kale Borroka, los cachorros (aquellos niños con niqui arrantzale, pantalón de Quetzal, riñonera y palestino, de cara amable y jugadores de fútbol por doquier) asistían a una desmembración inquietante y asombrosa. Más

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