Becas gordas para las vacas flacas.

Me ha llegado al correo una proposición de beca para escritores nacidos antes de que el mundo se fuera al garete y que tiene esa gracia y pinta suculenta que pocos trabajos ofrecen, en concreto 1300 euros para gastar en bolígrafos bic y cuartillas y vino, durante un año en la Ciudad Condal (que es esa que está al nordeste  de nuestras fronteras) mientras uno asiste de manera gratuita a uno de esos pomposos o pompeus másters universitarios sobre creación literaria.
Hace unos años un amigo mío cuyo nombre no diré, solía pensar que para escribir la que él llamaba la novela del siglo sólo podía huir de la ciudad en la que se encontraba (fuera cual fuese) dejar su trabajo a medias y, petate mediante, marchar al extranjero con unas cuantas perras gordas a dedicarse por exclusivo al arte, honrosa manifestación que atenta directamente con la vida o te aleja de ella. Ocurriósele por entonces que dicha ciudad era Santiago de Chile  y allí, en un cuarto alquilado en el que crecía lúbrica la ficción diez horas al día, le pilló el Más

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Fracasa Mejor

“Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa de nuevo”. Son las mejores palabras de un hombre que, seguro, jamás supo hacerse un café: Samuel Beckett. Y a mí se me ocurre que son las mejores palabras, no ya para describir lo que viene siendo esto de vivir, sino para la tétrica tarea de escribir. Escribir es fracasar otra vez. Fracasar siempre. Fracasar mejor. Por eso uno, en el fondo, siempre escribe la misma pelotudez/ boludez/ desdichada obsesión que a nadie importa.  Lo dijo Umberto Eco: el día que escriba una novela que me satisfaga plenamente será el día que deje de escribir. El otro día –no ése en el que deje de escribir- estaba yo comiendo con mi editor de LDT, Fernando Varela, y me preguntó por mi próxima criatura –¿Estará tu criatura para la Feria del Libro?- Puse cara de desastre naval y él cerró la boca y siguió comiendo. Es un hombre comprensivo. De fracasos está el mar lleno. Algunos fracasos incluso se convierten en aparentes éxitos. Pienso en Miró, por ejemplo, que al final de su “pintoresca” existencia se quejaba amargamente de que su agente no le quería vender ningún cuadro que no tuviera la pinta líquida, sopera, espesa  y multicolor que se esperaba de su firma; y pienso también en Calatrava, que se adora a sí mismo pero al que nadie va a acabar por soportar de tanto quejarse y repetirse. Y es que esto de fracasar no es como masturbarse: nunca se fracasa solo, se fracasa en dos direcciones, se fracasa Más

Escribir en tiempos de crisis.

De un tiempo a esta parte proliferan los títulos sobre guerras de cualquier tipo. Antony Beevor, cuyas recopilaciones de anécdotas soldadescas me han hecho pasar grandes ratos, vende muchos, pero muchos ejemplares. Tenemos biografías de Goebbels recién estrenadas, recopilaciones didácticas de toda índole sobre la reciente Irak, Iran, Afganistán y todas sus áridas hermanas, primas y allegadas (pienso en el Título Soldados a caballo, entre otros). Revisiones históricas más políticas como las Decisiones trascendentales de Kershaw, o la Biografía de Hitler que Península reeditará próximamente en un volumen, y si esto de nuestro pasado reciente no nos interesa demasiado porque los muertos ciertos nos pesan a la espalda, tenemos muertos de ficción hasta en la sopa: zombies, mundos que se van al garete, revientan, estallan o penden al borde del colapso. Más

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