NOSTÁLGICAS BALCONADAS

Recuerdo aquellos días del chollo y el bombazo, de la España del helado, la pizza y noche en la Ópera del Real, cuando nuestra alegre situación nos permitía enfrentar las más peregrinas preocupaciones como primeras causas de malestar profundo para la ciudadanía: la guerra de Irak, el Prestige, nuestros soldados, nuestros pececitos. La ciudadanía empleaba entonces sus balcones para hacerse escuchar con una rabia que tenía algo de alienación, se desgañitaban ortotipograficamente como burros sordomudos, y así reclamaban el “No a la guerra” y el “Nunca mais” como si acaso nos fuera la vida en ello. En épocas boyantes la biografía social se conforma con pequeñas aspiraciones. Madrid parecía una selva de carteles reivindicativos. De entre ellos, pues siempre existen pecadores y pecados, recuerdo con especial devoción aquel vecino a lo Cioran que en Huertas colgó de lado a lado de la calle una sábana pintada en la que reclamaba con manifiesto desconcierto: “Yo quiero ser siempre el otro”. ¡Aleluya hermano! Estaba también aquel gato ingenioso en Carabanchel que proclamó “Yo quiero que me arreglen la cocina”, y es que barrer para casa es mejor que barrer la casa y él lo sabia. La carteleria perecía el espacio de debate en el que el ciudadano, balcón a balcón, como pechito con pechito, se posicionaba contra o a favor de su vecino. Eran tiempos Más

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