De dudosa legalidad

 El horizonte de Madrid visto desde la distancia resulta estar más negro que los cojones de un grillo.  No es algo que tenga que ver con el 2020 ni sus discutidos o ridículos juegos olímpicos ni con la futura buena o mala gestión de la señora  Botella, no. Este es un horizonte de terrible inmediatez. Es el horizonte que componen edificios y avenidas, el mismo sobre el que cada año se nos señala: “Disculpen pero esto está menos saneado que las cuentas de la banca”.

 Este principio de año no huele a chamusquina como todos pensábamos sino a dióxido de nitrógeno. Y es que la capital se ha puesto a lanzar humo como una locomotora de carbón, superando el 35% de lo permitido, o sea, un cuarto largo de lo legal y todo lo que tenía previsto para el curso de 2012. Se parece mucho a un fumador que siempre está fumándose el último pitillo, de ésta que lo dejo. Lo raro es que nos sorprenda, porque estar por encima de lo “legal” es de resultas Más

CONTRA LA CRISIS BUENAS SON POLLAS

En época de crisis robar un Sillar Romano con Relieves Fálicos cobra extraños sentidos: “Contra la crisis hazte con un imponente rabo de piedra”. Algo así han debido de pensar los ladrones de semejante artefacto de varios cientos de kilos de peso y que han hecho desparecer a base de gruazos (que no pollazos) de las burgalesas ruinas romanas de Clunia la pasada madrugada.

Las estatuas tienen ya desde la antigüedad una relación casi insensata con las crisis, con su reverso: el apogeo, y con la divinidad misma. En tiempos fecundos, uno (recién convertido en emperador), levantaba su estatuario personal por todas las calles y avenidas para que, en tiempos oscuros, los otros (o los demás) andaran por detrás descabezando colosos de piedra. De eso Calígula sabía bastante cuando le hizo cortar la cabeza a Júpiter Olímpico para remplazarla por la suya propia, algo que por ahorrarse unas pesetas quizá haga ahora que ha sido declarado Dios en plan romano y por pajarracos de todo agüero, el bueno de Kim Jong-un con las estatuas de su padre. No cesó ahí la obsesión de Calígula con las piedras (aunque también se lió a golpes con el mar declarándole la guerra), el hombrecillo levantó su propia figura en el Templo de Jerusalén (para gusto estético de los judios) y arrampló con toda la iconografía griega que encontró reemplazándola por lo que tanto más le gustara: cerdos y otros animales. A su muerte, claro está, los unos y los otros se liaron a golpes con sus retratos, iconos y pedruscos y los hicieron desaparecer de la faz de la tierra, lo mismo que le pasó a Sadam hace no poco con menos gloria e igual barullo. Quizá la mayor y única aportación Más

NOSTÁLGICAS BALCONADAS

Recuerdo aquellos días del chollo y el bombazo, de la España del helado, la pizza y noche en la Ópera del Real, cuando nuestra alegre situación nos permitía enfrentar las más peregrinas preocupaciones como primeras causas de malestar profundo para la ciudadanía: la guerra de Irak, el Prestige, nuestros soldados, nuestros pececitos. La ciudadanía empleaba entonces sus balcones para hacerse escuchar con una rabia que tenía algo de alienación, se desgañitaban ortotipograficamente como burros sordomudos, y así reclamaban el “No a la guerra” y el “Nunca mais” como si acaso nos fuera la vida en ello. En épocas boyantes la biografía social se conforma con pequeñas aspiraciones. Madrid parecía una selva de carteles reivindicativos. De entre ellos, pues siempre existen pecadores y pecados, recuerdo con especial devoción aquel vecino a lo Cioran que en Huertas colgó de lado a lado de la calle una sábana pintada en la que reclamaba con manifiesto desconcierto: “Yo quiero ser siempre el otro”. ¡Aleluya hermano! Estaba también aquel gato ingenioso en Carabanchel que proclamó “Yo quiero que me arreglen la cocina”, y es que barrer para casa es mejor que barrer la casa y él lo sabia. La carteleria perecía el espacio de debate en el que el ciudadano, balcón a balcón, como pechito con pechito, se posicionaba contra o a favor de su vecino. Eran tiempos Más

Escribir en tiempos de crisis.

De un tiempo a esta parte proliferan los títulos sobre guerras de cualquier tipo. Antony Beevor, cuyas recopilaciones de anécdotas soldadescas me han hecho pasar grandes ratos, vende muchos, pero muchos ejemplares. Tenemos biografías de Goebbels recién estrenadas, recopilaciones didácticas de toda índole sobre la reciente Irak, Iran, Afganistán y todas sus áridas hermanas, primas y allegadas (pienso en el Título Soldados a caballo, entre otros). Revisiones históricas más políticas como las Decisiones trascendentales de Kershaw, o la Biografía de Hitler que Península reeditará próximamente en un volumen, y si esto de nuestro pasado reciente no nos interesa demasiado porque los muertos ciertos nos pesan a la espalda, tenemos muertos de ficción hasta en la sopa: zombies, mundos que se van al garete, revientan, estallan o penden al borde del colapso. Más

A %d blogueros les gusta esto: