Ad Majorem Dei Gloriam

Un Cristiano Apostólico Romano no necesita pruebas de que Dios existe. Se vale de su inquebrantable fe en Él y en la Iglesia y de una serie de ritos (y rituales) que tranquilizan al más pintado como el caníbal asunto de comerse el cuerpo y beberse la sangre del Señor. A diferencia de ellos, un ateo redomado (hombre de ciencia y de certeza) necesita de un milagro o de una prueba si acaso quiere comenzar a patearse los vericuetos del señor (no basta aquí con una comunión y una catequesis).

 Yo tengo la prueba incontestable: los baños de juventud (entendido como de masas, no sean ustedes pervertidos) que plagan Madrid en estos últimos días de Agosto son per se la prueba fehaciente: todos y cada uno de los sujetos que los conforman son a cada cual más guapo, reguapos, relimpios, hermosos. Ellos tienen pelos sedosos; largos y brillantes; caras infantiles que parecen ingenuas, limpias y sinceras; brazos morenos; cuerpos atléticos y dientes blancos en perfecta posición. Ellas tienen exactamente lo mismo, pero además pechos suculentos, muslos tersos y ojos vivarachos. Dios los cría y ellos se juntan con revuelo. Más

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