Becas gordas para las vacas flacas.

Me ha llegado al correo una proposición de beca para escritores nacidos antes de que el mundo se fuera al garete y que tiene esa gracia y pinta suculenta que pocos trabajos ofrecen, en concreto 1300 euros para gastar en bolígrafos bic y cuartillas y vino, durante un año en la Ciudad Condal (que es esa que está al nordeste  de nuestras fronteras) mientras uno asiste de manera gratuita a uno de esos pomposos o pompeus másters universitarios sobre creación literaria.
Hace unos años un amigo mío cuyo nombre no diré, solía pensar que para escribir la que él llamaba la novela del siglo sólo podía huir de la ciudad en la que se encontraba (fuera cual fuese) dejar su trabajo a medias y, petate mediante, marchar al extranjero con unas cuantas perras gordas a dedicarse por exclusivo al arte, honrosa manifestación que atenta directamente con la vida o te aleja de ella. Ocurriósele por entonces que dicha ciudad era Santiago de Chile  y allí, en un cuarto alquilado en el que crecía lúbrica la ficción diez horas al día, le pilló el terremoto que sepultó (no sin guasa y traqueteo) ordenador, ropa, novela y ahorros varios. Encontré cierta justicia poética en esto porque si tienes que irte al quinto pino para escribir la novela del siglo y dedicarte por entero a hacer semejante ímprobo trabajo (no pudiendo realizar ninguno más) es que algo está fallando en el centro mismo de la disposición de las cosas y claro, ante ello, a la disposición de las cosas le da por temblar.
Parecida a la idea que mi amigo tenía de la creación, los tiempos de creación y el lugar en el que la creación va a desarrollarse (o debe hacerlo) parecen tener la mayoría de las becas. Existe algo maligno en ellas y que yo, en mi estado de asalariado, percibo como una injusticia: su suculento regalo en metálico pasa casi siempre por una disponibilidad de movimiento compleja: escribir un año en Roma (mire usted que se me ha perdido a mí en Roma) hacerlo en los Alpes en un castillo, o tener que realizarlo en Barcelona: esa imagen que le viene a uno a la cabeza (un hombre ante un teclado, constante en su trabajo, alejado de todo y de los suyos) cumple además no sólo con los tópicos literarios más dorados y deprimentes sino con esa suposición decadente de que un escritor es casi casi, y en cualquier otra materia, una especie de minusválido. Su milagroso espejismo también resulta caduco más aún en estos tiempos. Así, parece decir: “Tendrás el año de tu vida, te daremos el año de tu vida, trabajarás como Moccia o cómo Rowling” aunque será sólo un espejismo. ¿Y después de ese año qué? ¿Liar de nuevo el petate? ¿Regresar a tu ciudad? ¿Volver  a tu puesto de trabajo y esperar que siga allí tu silla? ¿Vacía? ¿Esperándote a tu regreso?

Lo cierto es que estas becas parecen estar tan sólo dirigidas a estudiantes (ya sean eternos estudiantes como Ciorán) o estudiantes de largo recorrido, beca y sombrerazo. Ayuda a esta impresión el hecho de que en este particular, el Máster de Creación de la pomposa Pompeu no acepte más que a aquellos que puedan presentar título académico de grado, lo que de por sí invalida  la beca a aquellos que no han estudiado una carrera, como si lo segundo fuera condición sine qua non a la hora de escribir una novela: patética adicción al título de la España transicional.

Del mismo modo y como triste reflejo de la sociedad actual (dirigiéndose como se dirigen a sujetos nacidos después del 78) estas mismas becas parecen dar por sentado que nadie menor de 33 años dispone de un trabajo estable, tiene hijos o esposa o una hipoteca que pagar y, a un mismo tiempo, la oscura necesidad de escribir. ¿para qué sumar a esas locuras una locura extraordinaria?
No expreso aquí, desde luego, nada que no sea la insatisfacción de un joven que no estudió, o la cólera y la envidia de un trabajador acostumbrado,  pero me atrevo a mendigar una beca que me de ¿doscientos eurillos? ¡Anda, por favor, doscientos eurillos al mes y a novela realizada al año sin necesidad de que me vaya al quinto pino y que pueda compatibilizar con mi trabajo y con el desembolso de mi casa.
¿Una beca a la creación para alguien que no ha estudiado? ¿Dice? ¿Una para alguien que trabaja ocho horas y tiene una hipoteca? ¿Una para un loco que tuvo hijos a  la temprana edad de veinte años? ¡No por Dios! Desde luego eso resulta impensable y contraproducente. Váyase usted a pedir mejor alguna (cualquiera) de las “múltiples” ayudas del estado porque no nos creemos que en caso semejante se puedan escribir dos líneas con algún tipo de sentido y deje de tomarnos el pelo que tenemos mucho papeleo y estamos estresados.

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4 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Brancaleone
    Feb 27, 2012 @ 12:27:01

    Que les jodan !!!
    :)

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  2. bazardedivisas
    Feb 27, 2012 @ 12:50:51

    Porca miseria,
    Abrazo
    Javier Divisa

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  3. Araceli Martinez
    Feb 27, 2012 @ 13:14:44

    Escribir es duro si no inventas el mago del siglo , el mal de ojo, o el crimen satánico. Ya se sabe…Pero como también es un placer…y un privilegio…Pues a sufrir…

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  4. Guillermo Aguirre
    Feb 28, 2012 @ 13:38:14

    Lo duro en escribir, sino vivir y trabajar y me da a mi que las becas a la creación tienen mucho de vivir y poco de trabajar, en cualquier caso, como dijo el poeta, “Lo difícil es ser sencillo, porque ser complicado (o excepcional) resulta terriblemente fácil”. No se si viene a cuento pero que me da a mi que los escritores tienden a creer que están en esa segunda gama que en realidad, no tomó si no el camino más fácil. Brazos a todos.

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