Necesidad de un western

Decía Cioran que históricamente España tuvo comienzos fulgurantes, que llegada demasiado pronto, trastornó el mundo y se dejó caer: «esta caída se me reveló un día. Fue en Valladolid, en la Casa de Cervantes. Una vieja de apariencia vulgar, contemplaba el retrato de Felipe III; “Un loco”, le dije. Ella se volvió hacia mí: “Con él comenzó nuestra decadencia”. Yo estaba en el corazón del problema. “¡Nuestra decadencia!”. Así que, pensé, la decadencia es, en España, un concepto corriente, nacional, un cliché, una divisa oficial».

Hacer caso a Cioran siempre es tan peligroso como no escucharle pero desde luego sus palabras nos dejan un soniquete en la cabeza: sin duda Cioran desea señalar la antigüedad histórica de nuestro país que se reveló como primera potencia al descubrir las Américas y que alcanzó su clímax con Felipe II para sumirse después en una larga pérdida. Toda esta caída anterior al resurgir de los nuevos y grandes imperios del siglo XIX nos confiere (frente a otras naciones) un aspecto de cansancio infinito, una embrutecida sensación de estupidez, la señal de la vagancia que antecede a un naufragio, como si efectivamente viviéramos de más y nuestro futuro ya hubiera sido y no fuera a ser.

Nuestro único relato de superación y heroísmo (abandonado nuestro Cid a las puertas de Valencia) se forja en la figura del pillo, alguien que (LEER MÁS EN ÁMBITO CULTURAL)

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