ÉRASE UNA VEZ UN MUNDO AL REVÉS.

Una de las mejores cosas de votar sin duda, es que, pese a que llevo ocho años en la ciudad de los cielos ilimitados, continúo empadronado en la capital económica vasca, el Gran Bilbao llamado Gran por su corazón ya que dudo que sea por su ensanche aún incluyendo las dos márgenes hasta el mar. Ésta, a todas luces descabellada desviación territorial que no me permite acceder a ayudas en la generalísima capital, me permite encontrar una excusa para visitar a mi madre y asistir con ella y mis amigos a mi viejo colegio de infancia así como a los posteriores recuentos. Los vemos con el ansia en la boca, los celebramos como partituras de Beethoven. Obligados por una tradición familiar mi madre y yo, así como mis amigos, nos cambiamos los votos así que yo voto a lo que ella vota y ella vota a lo que yo voto y mi amigo vota lo del otro y el otro lo del de mas allá. Se trata de un humilde ejercicio democrático que intentamos trasladar desde los salones de nuestras casas hacía toda la ciudadanía.
Sobra decir que desde mi más tierna infancia la única razón que me hacía desear ser mayor de edad era la de ejercer mis derechos como ciudadano. Una vez lo expuse en el recreo del colegio y me sorprendió que aquella era también la única razón secreta de mis confraternos, todos abates frates de una, la misma ilusión de pubertad.
– ¿Entonces tu quieres ser mayor de edad también para votar? Siempre pensé que lo tuyo era más por aquello de poder conducir un coche.-
– ¡Qué va! Yo siempre pensé que tu querías ser mayor de edad para que se borraran tus expedientes policiales.-
– Yo siempre pensé que los dos queríais  ser mayores de edad para poder beber y entrar en los putis. Yo también quiero ser mayor de edad para ejercer mi derecho a voto, sinceramente.-
¡Voto a brios! Recuerdo aquella conversación como agua cristalina de mayo siempre en las vísperas (jornadas) de reflexión. Yo y mis protopubers compañeros nos quedábamos después contemplando largamente la línea del horizonte y suspirábamos llenos de una ilusión adulta.
– Ahiiiiiiiiishhhhhhhh…
¡Qué gran país!
La primera vez que pudimos ejercer nuestro derecho estábamos en las puertas del colegio antes incluso de que se abrieran. Habíamos llevado proclamas y bocatas y nuestro DNI prendido en la solapa como ilustres embajadores llegados de la tierra de la adolescencia. ¡Qué triste el rostro de nuestro amigo más joven que, por unos meses de diferencia, hubo de quedarse al otro lado de las verjas de metal, sosteniendo una pregunta mientras nos veía desaparecer por las oscuras puertas de la madura soberanía! ¡Qué orgullo pintado en los rostros cuando nos leyeron la cartilla antes de meter nuestro voto en las urnas de plástico!  ¡Qué satisfacción al creer que nuestro papel obligaba (que no cambiaba) a las cosas!
Recién adscritos a la sociedad no encontrábamos mas orgullo ni más gozo que meter en el bolsillo.
A día de hoy nos reunimos en ese día para repetir nuestras prácticas y comer carrillo con carrillo unos pinchos tras el acto. Nos abrazamos en nuestras diferencias políticas y con lenta parsimonia de vermut exponemos tranquilamente nuestras lógicas razones de pensar. Sin duda, como los antiguos griegos, nos concentramos en la polis. Elegimos detenidamente nuestro voto a lo largo de todo el año bisiesto, asistiendo a diferentes actos políticos de toda marca y visualizando todos los programas de debate que se pueden visualizar. Esa vida nuestra bisiesta se centra en adquirir la gravedad necesaria para una decisión tan sumamente importante y no comprendemos como otros eligen  su partido el último día a vuela-pluma o votan siempre al mismo sin plantearse su adscripción.
Con una crítica contenida los miramos bostezar en las puertas de los colegios y suspiramos de nuevo.
– Ahiiiiiisssssssssss
Si Paco Ibañez cantaba aquello de “Erase una vez, un lobito bueno, una bruja hermosa y un príncipe malo” nosotros hemos hecho de ello un acto existencial. “Érase una vez un mundo al revés y un País hermano”

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3 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Brancaleone
    Nov 17, 2011 @ 20:38:21

    No dejas de sorprenderme. Pero la última vuelta de tuerca me deja siempre con las ganas. Encantado de leerte, un afectuoso saludo.

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  2. Zelig
    Nov 17, 2011 @ 21:28:05

    No votar es lo ridículo. Votar es siempre un ejercicio arriesgado. Hacer del voto un placer personal. nos ata al mundo.

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  3. Guillermo Aguirre
    Nov 18, 2011 @ 12:48:02

    Yo llegaría a decir que votar es realmente el signo de la indignación y lo ciertamente contracultural. O algo parecido. A raíz de las vueltas de tuerca me pregunto que pasaría si en vez de votar los mayores de edad, sólo pudieran ejercer el voto los menores de edad….Ahí lo dejo.

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