NOSTÁLGICAS BALCONADAS

Recuerdo aquellos días del chollo y el bombazo, de la España del helado, la pizza y noche en la Ópera del Real, cuando nuestra alegre situación nos permitía enfrentar las más peregrinas preocupaciones como primeras causas de malestar profundo para la ciudadanía: la guerra de Irak, el Prestige, nuestros soldados, nuestros pececitos. La ciudadanía empleaba entonces sus balcones para hacerse escuchar con una rabia que tenía algo de alienación, se desgañitaban ortotipograficamente como burros sordomudos, y así reclamaban el “No a la guerra” y el “Nunca mais” como si acaso nos fuera la vida en ello. En épocas boyantes la biografía social se conforma con pequeñas aspiraciones. Madrid parecía una selva de carteles reivindicativos. De entre ellos, pues siempre existen pecadores y pecados, recuerdo con especial devoción aquel vecino a lo Cioran que en Huertas colgó de lado a lado de la calle una sábana pintada en la que reclamaba con manifiesto desconcierto: “Yo quiero ser siempre el otro”. ¡Aleluya hermano! Estaba también aquel gato ingenioso en Carabanchel que proclamó “Yo quiero que me arreglen la cocina”, y es que barrer para casa es mejor que barrer la casa y él lo sabia. La carteleria perecía el espacio de debate en el que el ciudadano, balcón a balcón, como pechito con pechito, se posicionaba contra o a favor de su vecino. Eran tiempos de alegre transición y nosotros no lo sabíamos.

El cambio se vino por mi calle como se viene a veces el afilador de los cuchillos. Una mañana mi conciudadano de enfrente cambió su “No a la Guerra” por un enorme trozo de madera contrachapeada en la que, escrito quizá con la misma brea del Prestige se leía en grande: “VENDO”. No había siquiera un número de teléfono al que dirigirse y la oferta a grandes chorretones negros parecía estar directamente enviada a los aviones o hacia el cielo. Por contrapartida yo saqué mi primera proclama, puse: “COM _ PRO”. El guión era porque mi madera (como mi bolsillo) se quedaba pequeña para una letra de tamañas aspiraciones. Y nunca mejor dicho. El chiste nos duró a los dos lo que tarda el contrachapado en hincharse y reventar: justo hasta las primeras lluvias que empezaron a caer con ganas allá por el 2008. Quizá fue granizo.

A día de hoy las fachadas de Madrid como ojos ciegos y vacíos se llenan de nueva cartelería: Los azules monocromos del BBVA o el rojo sin fallas del Santander informan de la venta de esos balcones ingenuos y revanchistas que otrora se creyeron capaces de hablar en nombre de aquellos que pensaban ser sus dueños. Grande error. Conocedores del espíritu combativo que pone esta ciudad en marcha los bancos se suman a la dialéctica y así el BBVA en su servicio de seguros remunerados, firma: “Ha llegado la hora de devolverlo todo” (seguro) e ING lanza eslóganes como “Sea inconformista” o “No nos mires, únete” todo ello sazonado con los dibujos de un par de pancartas y de un megáfono esquemático. Y sin embargo uno no puede más que pensar que no han dado con el clavo en el ladrillo indicado; que ellos no estaban allí el día en el que aquel convecino colgó su larga sábana de uno a otro lado de la calle Huertas. Que ellos jamás acabarán por rezar: “Yo siempre quiero ser el otro” porque sencillamente y de modo individual “el otro”, se la pela.

 

PD: Dedicado al tipo ese al que le han desahuciado mientras estaba en el hospital de parto con su esposa. Y es que los niños no vienen con un ladrillo bajo del brazo.

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3 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Zelig
    Oct 11, 2011 @ 15:55:14

    Buena transición nos estaba esperando. Estaría bien un estudio histórico de los balcones de las grandes ciudades. ¿Cuántas veces más los usaremos?. Estate al loro.

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