Perder la virginidad en un sofá Klippan.

 Este será un año bonito. Hasta donde me llegan las informaciones entre amigos y conocidos me salen algo así como seis o siete libros (novelas, ensayos y demás asuntos) que se verán publicados a lo largo de este ciclo editorial. Para los más de ellos será su primera vez con todo lo que las primeras veces conllevan: ansiedad, deseo, tensión, ilusión y, esperamos que, al menos en esta ocasión y no como en otras primeras veces, sin eyaculatio precox ni gatillazos. La buena noticia se acompaña de que gran parte de esta caterva de nuevos autores pertenecen mas o menos a mi generación (siete años arriba, siete abajo) lo que los acerca de modo natural a mi estima y mi ilusión. Una de las primeras en perder esta virginidad (además en femenino lo cual hace que con la metáfora se me froten las manos solas) ha sido Ángela Medina, con su recién estrenada novela titulada: Pañales y Cerveza y recientemente publicada por Demipage editores.

Durante mis años de estudio disperso y fiesta infinita se cansaron de repetirme aquello de que “escribir se parecía más a construir un edificio que a pintar un cuadro y que los supuestos escritores eran mas semejantes a albañiles que a artistas tocados por las musas”. A mi amiga Ángela Medina (que lo sé yo de buena tinta) también le repitieron esta cantinela una cantidad de veces infinita,  pero ella, en vez de construir un palacio veraniego, con su escalinata en la puerta y sus amplios ventanales rococó, decidió construir un mueble de IKEA. ¡Toma jeroma!

¿Y qué coño significa esto?

Significa que su debút, Pañales y Cerveza es pequeño y manejable (físicamente hablando) sobrio (en cuanto a su lenguaje)  aparentemente sencillo (en cuanto a forma) pero de una construcción del todo ingeniosa (a nivel autoreferencial). Como los muebles de IKEA es una novela fresca y capaz de sorprender en versatilidad (valdrá tanto en la casa del gafapasta como en la del camarero). Nos hayamos ante un conjunto de historias breves que reúnen a una serie de personajes cuyas vidas se cruzan en un momento climax: un viejo al que se le muere su mujer; un vecino del viejo que pierde a su novia y a su padre al mismo tiempo; la hija del viejo que abandona a su marido y el nieto del viejo que amanece a su sexualidad. Todos ellos rodeados de los mismos muebles de IKEA y, por decirlo de algún modo, de las mismas pequeñas miserias. Un narrador en tercera con asombrosa falta de apoyaturas e introspecciones, consigue que el texto tenga esa apariencia blanca y lisa, limpia y llena de espacio (como las grandes superficies) que también tenían los relatos de Carver, por ejemplo, dotando a los elementos del entorno de su necesaria capacidad metafórica para que hablen (o cuenten) más de lo que hablan (o cuentan) los personajes. Por ello, los sujetos aquí no tienen nombres propios (su actividad y sus penas son genéricas) y lo que sí tiene nombre propio es la apabullante incursión de los objetos suecos: el sofá Klippan, la estantería Expedit, la mesilla de noche Odda o la cómoda Malm que, como subalternos del texto, arrastran sus maderas con ruido de fondo a lo largo de la narración. Y es que Ángela Medina (un poco como aquel Perec de Las Cosas) comprende que a veces tan sólo los objetos y el entorno permiten la construcción de un personaje que, obligado a la miseria de una cotidianidad moderna es incapaz de evolucionar y construirse a sí mismo desde dentro.

El título del libro, Pañales y Cerveza, remite a la Bussines Inteligente y al amanecer del software analítico que combinaba el análisis de los datos de compras con los demográficos obtenidos de la tarjeta de lealtad de los clientes. Alguno de estos estudios determinó que, aparentemente, los clientes masculinos, cuando compraban pañales los viernes por la noche, tenían además una gran tendencia a adquirir también cerveza. Se llegó a la conclusión de que los hombres, al ser enviados a por pañales deseaban alguna recompensa para sí, una que, a ser posible, les remitiera a su anterior estado de gloria y soltería. Es esta misma teoría la que vibra el fondo de la novela: consumir es consumar y todo el mundo añora los tiempos pasados y huye de los futuros (y de sus responsabilidades) a través de esa compra masiva (de esa recompensa) a lo Diógenes Laercio.

Si Valérie Mejren, la discutida autora de El Abuelo o El Agrio, pudiera dotar de cierto sentido profundo a sus obras (más allá de su estado naif y su colorido pop) quizá le saldría algo parecido a Pañales y Cerveza. Y es que Ángela Medina folla mejor que la autora francesa. Como primer polvo estamos ante uno de esos mañaneros y de desayuno, breve pero intenso y que a uno le despereza del tedio acostumbrado, con mucha primera luz del día entrando a raudales en la casa y, para esta mecánica de las primeras veces, sorprendentemente natural. Y es que escribir un libro no tiene por qué ser tener un hijo. A veces resulta mucho más divertido y del mismo modo, leerlo.

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. maria
    Nov 19, 2011 @ 11:22:37

    GUAUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUU!

    Responder

  2. maria
    Nov 19, 2011 @ 11:23:22

    chulooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!

    Responder

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