Ese otro holocausto

Las vacaciones lo son, en mi caso, en todos los sentidos. Abandono la tarea regular de escribir y abandono con ella el resto de ritos que, durante el año, soportan la metodología de mi existencia. Uno huye de la capital, del rebaño de las cosas de su casa, de las lecturas novedosas (entendidas como novedad) de amigos, conocidos y editoriales cercanas y busca refugio en lo ocioso. También es la época en la que se acostumbra a leer clásicos mamotretos que uno había dejado en reposo o en stand by para épocas que permitieran una lectura remolona como la de los cerdos en la cerdería del barro. Uno de estos ladrillos capaces de sostener una casa de adobe en Somalia es La Familia Moskat, novela ejemplar del Premio Novel Bashevis Singer que me ha acompañado durante la época estival y que he leído al lado de un arroyo y bajo un sol pacificador de Agosto, nublado en el norte de Hispania. Sobra decir que aquel que lee a Bashevis cae siempre en su red como un molusco. Novelas como Shosa o Los Herederos resultan tan finas en su estilo y tan afiladas en la caracterización de sus personajes del periodo relajado de entreguerras que uno dijera que está ante el Fitzgerald judío.

La Familia Moskat  es en este aspecto la novela más voluminosa del autor y su única saga familiar entendida en toda la clásica magnitud del género, con sus árboles genealógicos y su forma lineal en tercera persona. Como buen hijo de su pueblo  Bashevis, aunque terriblemente gentilizado, siempre fue un escritor judío. Sus personajes son judíos (muchos judíos de nuevo cuño, americanos) y nunca se separó o nunca pudo dejar de merodear los caprichosos guetos de la ya acostumbrada pregunta: ¿Cómo encuentra un judío su propia tierra de las ideas en la tierra extranjera en la que acostumbra a vivir? y ¿Cómo enfrenta su propia tradición en el juego de cartas extranjero una vez perdida (o descarriada) su fe en el Mesías y en su propia cultura?

Si los Budenmbrook de Mann resultan, bajo el techo protector aunque lleno de goteras de la lectura canónica, un relato de la decadencia de las ínfulas burguesas, La Familia Moskat de Bashevis no es sino el relato de la Extinción de los judíos. Uno acostumbra a ver en esta frase altos crematorios y chimeneas de ladrillo bajo el plomizo cielo de la Selva Negra pero Bashevis aprovecha la ocasión para hablarnos de otro tipo de derrumbe y de otro tipo de extinción: La extinción moral que se produce desde dentro de su propio pueblo y que va desde los últimos años del siglo XIX hasta justo la preromería (el asedio a Varsovia por los nazis) de la Segunda Guerra Mundial, saltándose así el desastre oscurantista y sinsentido del exterminio, Bashevis puede relatar los hechos que acaecen en el interior de tres generaciones de una familia judía escapando a la acostumbrada (y muy nuestra, muy Española) tentación de tratar con excelencia a los muertos y de honrar su nombre fuese lo que fuese lo que hicieran en vida.

Desde el abuelo Moskat, prestamista y hacendado con bienes inmuebles en Varsovia que sólo piensa en casar correctamente a sus vagos hijos e hijas con judíos que cumplan la Ley, hasta los bisnietos de este mismo, sin fortuna conocida, descarriados y asumidos por la moda gentil y que han dado la espalda a la tradición y a su religión, pasamos por un surtido grupo: usureros, vividores cínicos, estudiantes de la Torá, mujeres capaces de tejer las peores artimañas, judíos americanizados que no son ya ni de su lugar de origen ni de su lugar de acogida, buenos chicos que caen en la trampa de la filosofía moderna o premilitarizados y politizados judíos propalestinos de los primeros Kibutz. Hombres pervertidos por el dinero (o su falta), el alcohol y sus necesidades sexuales. Todo un surtido de seres inquietos ante su origen y ante su destino, avanzan (o más bien merodean) por las páginas de esta novela en un relato que intenta en vano aunar el peso de la religión perdida con la influencia de la asimilación y de la modernidad que despierta en la Europa del primer cuarto de siglo. De entre ellos cabe destacar la figura de Abram Saphiro, cuñado del abuelo Moskat, vividor y libertino acérrimo, cínico por naturaleza y soñador por necesidad, se convierte en esta novela en la oveja negra familiar tan sólo por resultar encantadoramente sincero consigo mismo, en contraste con el resto de la familia que resultan hipócritas ante sí y lo que es más, ante los ojos de aquel cuyo nombre no se puede pronunciar. Convertido así en la lengua maestra del relato, su cínico veneno (que dirían sus familiares) cala profundamente en aquel al que podríamos denominar el otro sujeto predilecto del artefacto: Assa Hesel Bannet, casado con dos nietas Moskat en diferentes matrimonios y eje de la distante generación de bisnietos-abuelos, Assa Hessel es un judío que iba para piadoso y que bajo la influencia de Abram y provocado por las lecturas de la filosofía Europea (Kant, Spinoza, etcétera…) cae en un vacío existencialista y nihilista tan moderno como autodestructivo que no puede llenar siquiera a base de hacer daño a aquellas mujeres de las que se rodea y a las que cree amar con gravedad (aunque luego toda su gravedad sea el espejismo de una utopía romántica demasiado Alemana). Ni que decir tiene que sus ideas le llevan inevitablemente a creer que el control de natalidad y de las masas es el único camino posible para la felicidad de la raza humana. Idea que tristemente tiene semejanza con lo que después ocurrió en la segunda Guerra. Assa Hessel es así el camino intermedio entre los judíos que sin problema (ni culpa) han olvidado su tradición (los últimos Moskat) y aquellos que vivían de ella como las enredaderas lo hacen de los grandes árboles (el bisabuelo Moskat y sus hijos –los abuelos Moskat-).

Revelador y destacable es también el tratamiento que se le da a la figura femenina dentro del orden familiar. Si bien es cierto que los hombres son estudiantes de las Leyes y que la Torá asegura que “Dios creo a las mujeres para ser habitadas” son estas últimas aquellas que guardan la formalización de los ritos aún sin comprender su profundidad. Se trata de un matriarcado a prueba de bomba, capaz de perdonarse entre sus miembros y en constante pugna contra sus varones. Un círculo cerrado de apoyo y protección que, como una religión paralela, obliga tan sólo a las mujeres (y por defecto a la familia) sin que esta –o al menos sus miembros masculinos- puedan ser conscientes de ello. Los verdaderos rabinos de Bashevis son las mujeres judías, voluntariosas y capaces de virtud en la abnegación, tanto como orgullosas y luchadoras.

A esta espiral genealógica de desintegración racial (de holocausto desde dentro) hay que sumarle aquí la discreta y sucinta acción exterior. La envidia que los Polacos o Alemanes ven en la naturaleza judía, la desconfianza que tienen ante aquello que les parece místico y misterioso y, por tanto, sumamente extraño y amenazador. Una desconfianza que va a más conforme más se parecen los unos a los otros (como un cuerpo que rechazara un apéndice donado).

No es falso decir que Isaac Bashevis logra aquí una obra igualable en calidad y en grandeza a Guerra y Paz, Madame Bobary o cualquier clásico moderno que se precie y que nos salte de la cabeza a la lengua. Para aquellos como yo que, además, creemos firmemente que la bien o mal llamada literatura judía ha resultado dar una de las más interesantes y privilegiadas narraciones del siglo XX, el libro se convierte en un mamotreto imprescindible. La grandeza de tratar a sus semejantes como iguales, sin pelos en la lengua y, a un mismo tiempo, de omitir con esfuerzo de hormiga toda crítica o análisis de autor (al final de la novela no sabemos si acaso los judíos se destruyen desde dentro, desde fuera, o porque sí como los triqui-tracas) convierte además esta novela en una novela viva, móvil, despierta y fresca como pocas en la actualidad. El desmembramiento al que ella nos acerca y que en realidad no es otro que el que sufre el individuo moderno al enfrentarse al desagradable vacío del conocimiento y de la cultura y, por tanto, a la permanente insatisfacción, es algo que bien nos puede sonar a estos primos hermanos del primer testamento que somos todos nosotros, cristianos venidos a menos (o a más) desde que nadeamos en la nada y no encontramos lugar en el que poner nuestra fe: “tengo mucha fe pero no se dónde ponerla”. Si “la Muerte es el Mesías”, como reza en las últimas páginas Abram Saphiro y “esa es la Única Verdad”, bien podríamos decir que Hitler no fue su única herramienta: lo somos nosotros todos, hermosamente dotados para afilar paciente y permanentemente la guadaña mientras miramos hacía otra parte.

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