Pequeña Crónica Sentimental

Hace apenas tres días que volví de mis vacaciones en Fez. Cuando uno viaja a un país en el que la lengua de sus ciudadanos se le hace absolutamente extraña (una vapuleada mezcla del Francés el Italiano, el Español y Árabe) uno no pude más que sentirse como un niño pequeño con una maleta grande. Es capaz de agarrarse a cualquiera, buscar una madre, un padre autóctono en quién sea que se le ponga al paso y le haga cierto caso, aunque el asunto pase por tomar mucho té y fumar mucha sisa. Pese al mundial idioma de los gestos, no existe nada más huérfano que el vacío que deja el lenguaje cuando dos no consiguen comprenderse. Al bajar del avión en el pequeño aeropuerto de Fez (una caja de zapatos, un juguete creado para los turistas) uno recuerda aquel primer párrafo que Kapuscinki escribió en Ébano: “Lo primero que llama la atención es la luz. Todo está inundado de luz, de claridad” (…) “Lo segundo es el olor, almendras, clavos, dátiles, coco vainilla y laurel; naranjas, plátanos por piezas y cardamomo y azafrán al peso”. Para una nariz sensible el aroma de Fez los dos primeros días de estancia es sofocante, irrita los ojos y despierta los sentidos: Fez huele como un trozo de carne que se hubiera macerado en multitud de especias, huele a gallos de corral, a cuero a media cocción, a uva pelada, naranja con canela y menta caliente. Toda la medina es como una inmensa pieza de comida hirviente que se cociera a fuego lento en una cazuela de luz.

            La voracidad de nuestros viajes es triste y extraña. Paseando por las calles de la Medina uno no puede más que pensar en la terrible facilidad con la que llegamos a las cosas. Una mañana estás en Madrid y esa misma tarde puedes encontrarte muy lejos. No hay consecución en el paisaje, ni largo viaje, ni Itaca, ni todas las Itacas que son, no supone ningún esfuerzo tomar una ciudad y no existe nada que no hayas visto antes a través de una pantalla, en google heart (que dice mi madre), o tras el cristal líquido de una superproducción de cine. El viajero del futuro es impaciente y capitalista, corrompe el sentido de lo humano reduciendo las distancias a meros problemas económicos y de horario, salta de un punto a otro en un espejismo de unidad que en el fondo no es más que reflejo de la catástrofe dispersa que rodea nuestros actos. Cuando se viajaba con coherencia también se leían libros hasta el final, de uno en uno, regodeándose en ellos. La gente esperaba cartas durante meses y la velocidad del pensamiento era capaz de tejer un paisaje entre el punto A y el punto B que fuera recordado en futuras exposiciones. Se hablaba lento, existía un tiempo más acorde con el paso de los hombres y de los camellos.

            Fez se sienta a los pies del Médium Atlas, las carreteras se abren rectas como tajos en dirección a los montes y alrededor de la larga planicie que las abraza crecen edificios de cemento, aislados bloques en construcción que se extienden por kilómetros de paisaje, una plaga de urbanizaciones en proceso de ser que parecen violentos parches en el centro de lo virgen. Fez se rodea de una burbuja inmobiliaria que bien pudiera ser síntoma de crecimiento, y que lo es, de no ser porque algunos ciudadanos de la Medina (aislados de lo demás) siquiera saben que a su alrededor se construye nada. La Medina de Fez es una bomba de humo, un saco de especias, una ilusión de horizontes cercanos, callejuelas, bocacalles que acaban en portales, sombra arrojada por las fachadas y esquinas que se convierten en ángulos cerrados. Su muralla es más que física, también es psicológica. El viajero se pregunta cómo pudo ocurrírsele a ningún colono poseer el control de una pieza de espacio tan irreal para un occidental, tan imposible de concebir en su totalidad. Los bereberes me aseguran que ellos conocen todas las calles, me dicen que en cada calle existe un soplón, están seguros de que pueden ver la Medina desde lo alto y dibujar un mapa en la arena.

            Muchas cosas separan una cultura de otra. Se ve en la manera en la que los árabes se tocan, se abrazan, van de la mano con la misma facilidad con la que discuten o se lían a tortazos mientras el agredido sonríe al agresor (algo habrá hecho). Se ve en la disposición de los bares, en el trato, tan dulce que empalaga, en el libre mercado de los precios (jamás establecidos), la gastronomía (reducida y como tal aburrida), o el modo de conducir y conducirse, pero yo encuentro gran parte de la disonancia en sus mezquitas y lugares sagrados que, en Fez, centro musulmán en Marruecos, el turista tiene prohibido visitar. Las mezquitas aparecen de manera repentina al fondo de la callejuela mas recóndita, incluso su gran mezquita central no se encuentra al fondo de la calle más céntrica (como lógicamente estaría una Iglesia en una de nuestras ciudades), tampoco está en lo mas alto de nada, ni separada de las casas como nuestras Iglesias lo están en las urbes de Europa, de un modo altivo, con el frontispicio por delante como la frente de un toro enarbolado que deja constancia de la separación de lo divino y lo humano (tente ahí hombre, de aquí en adelante pasa con la frente gacha). Las mezquitas verdes y blancas de Fez aparecen de la nada en una calle estrecha. Es imposible conseguir ver su fachada y admirarla como una unidad simétrica, resulta imposible rodearla porque las casas aledañas se mezclan con ella, apoyan las paredes en ella como si acaso los árabes quisieran meter la mezquita en casa o la casa en la mezquita. Con facilidad uno piensa que así es más sencillo formar parte de lo divino, caer en la tentación de la religiosidad. Las mezquitas son imposibles también de concebir, como la medina en sí, vueltas hacía su propio vientre, como siempre nos parece otra cultura, aunque los unos y los otros nos deshagamos en sonrisas y parezcamos comprendernos. El frente de civilizaciones es aquí el recodo de civilizaciones.

            Cuando las mezquitas llaman a la oración, los cientos de alminares invocan el mismo canto terrible. A la profundidad de las sinuosas calles siquiera llega el sonido pero desde las múltiples terrazas la sensación de alerta es abrumadora, es cómo si en Fez se hubiera encendido la sirena antibombarderos, es que como si alguien atacara y la ciudad entera diera la alerta y los alrededores dieran la alerta, y la alerta se extendiera por todo el oriente musulmán, como un línea de fuegos, de minarete en minarete.

            El quinto día abandonamos Fez, en el aeropuerto los servicios de seguridad han convocado una huelga permitida. Un hombre lanza las consignas desde un megáfono y, en perfecto orden, los quince trabajadores que secundan la huelga las repiten de un modo coral, marcial, casi militar. Uno de ellos sostiene una foto de Mohamed IV dentro de un marco dorado, que se sepa que él también está en la huelga, que la secunda, que la huelga no va contra el rey sino contra el aeropuerto.

El avión despega.

            Fez es una mancha parda que se aleja.

            No es nada.

            Es cielo.

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Pablo Mahaux
    Abr 29, 2011 @ 08:18:24

    Totalmente de acuerdo con usted, el occidental se ha convertido en un viajero capitalista, por ser ya un ente totalmente capitalista, el tiempo siempre es futuro y el dinero una visa con forma de espada de Damocles.
    Hoy en día viajar es sólo una forma de revertir ese futuro constante, cambiar de plano, cambiar de realidad. Sólo por unos día,s el futuro y el dinero siempre acechan

    Responder

  2. Guillermo Aguirre
    Abr 29, 2011 @ 08:53:32

    Vendes ficción, entonces, Pablito. Recuerda decirles siempre a los clientes: Esto está hecho del material con el que se realizan los sueños. ;)

    Responder

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