Dispersas las lecturas de Domingo.

En ciertas ocasiones los escritores se confabulan para servirte en un par de meses tres sendas novelas a un mismo tiempo que, te tienes que leer. Amistad obliga. Hablo de D. Torres, Rafa Reig y Orejudo. De los tres al que menos conozco es a Orejudo, sólo le vi una vez, en un cumpleaños de Eduardo Vilas, y no creo siquiera que se acuerde de mi. Me mostré humilde y reservado. Es por eso que lo leo quizá con mayor  interés. Cumple ese antiguo requisito indispensable (aunque ya en desuso desde el Facebook) del escritor difícil de alcanzar, escondido, remoto en un pueblo de la Alsacia, sin número de teléfono ni página web a la que acudir. A Rafa y a Torres los he visto en apuros, días alternos y con cierta asiduidad, y les he servido muchos güisquis. Los puedo ver asomar tras los libros que escriben, algo natural cuando se intercambian varias cañas y algunas frases con un autor.

Me leí Sangre a Borbotones, que ahora reedita LDT en sus 15, hace algunos años, los suficientes para recordar que entonces tenía pelo donde ahora tengo frente (si se puede llamar así). Yo era un alumno peleón y ególatra de la EDLDM y Pote Huerta, el que fuera editor de Lengua, nos puso a leer el libro en una de sus clases de edición.

–          Disculpe pero yo ya no tengo dinero para comprar libros.

Le dije levantado la mano.

–          Pues pasa por la editorial y te regalo uno.

Mi juventud obraba por entonces milagros y no era extraño que, al invitarme a comer, siempre pagaran los demás. Así también con los libros. De este modo fue como conocí Lengua de Trapo y este fue el modo del que conocí la literatura de Rafa. Pote me regaló un ejemplar que editaba Punto de Lectura, de bolsillo. No se atrevió a ir a más lejos y regalarme el original de la casa, que costaba los 17,80€ y no estaba hecho para esconder en una americana.

Los libros que uno se lee reposan en algún lugar del subconsciente, sus imágenes se quedan grabadas en algún sitio remoto y uno nunca sabe cuando le van a regresar, así, al escribir, de vez en vez me salen frases enteras que no son mías y que, tiempo más tarde, descubro en un libro de poemas de Saint John Perse. De ese mismo modo yo no sabía (no recordaba) cuanto había del Madrid acanalado de Sangre a Borbotones en mi Electrónica Para Clara con su Madrid archipiélago. Ahora, sin embargo, al leer párrafos de Todo Está Perdonado, dónde Rafa retoma aquel Madrid de Sangre a Borbotones, me doy cuenta que mi archipiélago hubiera sido imposible sin aquellos canales anteriores. No hay mala sangre, ni a borbotones ni todo lo contrario.

El asunto me ilusiona.

Y leo:

“Esa noche Madrid fue una fiesta. Hubo naumaquias en el Canal Castellana, comas etílicos, cópulas inverosímiles (…) por la calle, en los puentes y malecones, se cantaban las Asturianadas de mi infancia. (…) No pude evitarlo, acabé de nuevo en la dársena de Delicias, frente al galeón varado. Desde el final de la calle Bustamente, subido al muro del malecón de Ferrocarril, alcancé a distinguir el nombre de la nave: “Questio” Lamento, en latín”.

Y así se me va la mente a la Electrónica:

“Yo vivía en una casa grande y destartalada ubicada en Isla Delicias, en el 9 del Canal de Ferrocarril. Frente a la sucia cala del cercanías se levantaba, por los muertos de alguna guerra ya olvidada, un obelisco de metal oxidado (…) El Arenal casi plano de Alonso Martínez se agitaba. Sus puentes con Isla Bilbao temblaban como collares lanzados desde una terraza. Callao iba, esplendorosa, a la deriva y Isla Centro había comenzado a partirse por Montera”.

Salto después, con esta inconstancia propia del lector de domingo, a Punto de Fisión, la ultima novela de David Torres.

Y leo:

“El día en el que la Cibeles perdió la cabeza la mayoría de cronistas y comentaristas de la capital lo tomó como una excelente metáfora. Al fin y al cabo, la Cibeles había sido el emblema más reconocible de una ciudad en la que no abundaban precisamente las buenas metáforas (…) Sucesivos gamberros habían pedido la mano de la Cibeles a lo largo de su accidentada historia, pero ninguna había logrado hacerle perder la cabeza (…)

Y leo:

“El sol rinde su frente ante Neptuno

Y el rubio Hermes, roto por la llama

De la rosa, ante el turbio panorama

Llora en Madrid su siglo veintiuno”

El Madrid de David Torres va desde un partido independentista chulapo, el PICHY y su Cibeles, hasta la arrasada y posnuclear ciudad de Chernobyl:

“Decían que la tierra se abriría bajo nuestros pies: Decían que el infierno ardía debajo y que ardería, al menos, durante otros 24.000 años.”

Y luego, ya antes del café de la merienda, acabo por pasearme por Un Momento de Descanso, de Orejudo, novela en la que el autor regresa de América a un Madrid gobernado por academicistas y universitarios, en el que la mafia de los catedráticos impone sus leyes y su violencia sin ninguna clase de retruécano ni metáfora.

Y leo:

Allí todo adquiría grandeza y solemnidad. Los pasos sigilosos retumbaban como pisadas de gigante y las personas, incluso las más insignificantes y mezquinas, parecían revestidas de una respetabilidad que no tenían en el exterior del edificio (…) En la parte de atrás estaba el despacho del rector. Alrededor de una mesa chapada en caoba se sentaban Borrell y el pobre Antonio Javier Ilusión con la cabeza vencida hacía adelante. Al sentir que entraba alguien trató de levantarla. Tenía los párpados morados, monstruosamente inflamados. Había perdido dientes y le colgaba de la nariz un hilito de sangre”

Y aunque colocar todos estos textos así, desmembrados en un mismo post, resulte una locura y una perversión por mi parte, en todos ellos localizo una idea de Madrid en la que, además, existe algo escondido, algo ajeno a la ciudad real y que trata de ser revelado. Algo que es, en el fondo o en última instancia, la recreación sentimental de cada cual hacía una ciudad en la que han nacido, que les ha tratado bien (o mal o como fuere) y que les ha dado asilo (a veces sin cuartel). Es la mitificación de la capital. Y me alegro, me alegro de que Madrid siga teniendo y peleando su lugar entre las letras.

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