Las cosas que Hace Terry Pratchett

De un tiempo a esta parte parezco adolecer de una extraña enfermedad que, como el pulgón afecta a las hojas de los árboles, afecta a las páginas de mis lecturas. Esta falsa madurez (¿o debiera decir farsa?) lejos de traerme como regalo esa ansiada tranquilidad de pensamiento y ese reposo filosófico que uno espera (cuando es joven) del insensato asunto de crecer, me ha traído una concentración diasporista y sumamente difícil de hacer encajar con la lectura. Los libros se me hacen mayores y pesados en las manos y todo pensamiento y reflexión que en ellos desee ir más allá de algún preescolar destino, me supera con creces, me aburre y me encoleriza hasta el profundo sueño de la rabia. Digiero mal, como un viejo con dentadura recién instalada en la boca, y no deseo achacárselo a la literatura o a aquello que se trata como alta literatura (Coetzes, Bernhards, Piglias, Pynchons y Bolaños) sino a ciertas preocupaciones que, en el pan del día a día, se me hacen de miga demasiado grande y que  la literatura me recuerda cuando es demasiado densa y harinosa. LeCarré me ayudó apasionadamente a lo largo de esta enfermedad, del mismo modo en el que lo hicieron los clásicos de aventuras; Stevenson, Dumas,  Doyle y otros compañeros de viaje con gratas intenciones de hacerme pasar el rato sin grandes y otras más profundas ambiciones.

Estas navidades, mientras buscaba en lucha fraticida un regalo digno de mi hermano (que suma 10 años y se ha dejado el pelo a lo cacerola) y después de comprar un videojuego para ganarme su ilusión, me vi moralmente enfrascado en las baldas de libros juveniles de la FNAC, en busca de un volumen que le hiciera, al menos, leerse un par de páginas.  Le compré la Historia “impepinable”, de Ende, por recomendación de mi chica aunque a mi el juego de letra a dos colores me produjo un impacto postmoderno difícil de superar con facilidad. Después elegí un libro de Terry Pratchett (del que me habían dicho escribía libros juveniles) y cuyo Mundodisco yo conocía de la insigne aventura gráfica que en los 90 llevaba el mismo nombre. Bastaron unas pocas páginas para darme cuenta de que, tal y como me ocurre en muchas ocasiones, no había comprado un regalo para otro sino para mi myself.

No me atrevería a decir con la boca grande que los libros de Terry no son para adolescentes o protopubers porque por más que lo intento (y lo intento) no consigo una fiel visión desde ese ángulo de la vida. Lo que si se es que, al menos, no son para mi hermano (más orientado a las ciencias puras) y si algún adolescente puede enfrentarse a ellos, y extraer de ellos toda la chicha “cuánticocántica” de la que desbordan, no me cabe duda de que debe ser un adolescente ya tocado por el descrédito, la humillación, lo patético y a la vez hilarante y lo terriblemente dual (todo cosas que, con habitualidad, no se dan hasta el sufrimiento del tercer –o cuarto- desamor de andar por casa). La Saga de Mundodisco viene a responder a esa pregunta que nadie se ha hecho nunca: ¿Qué hubiera escrito Cioran si hubiera escrito literatura fantástica? Y es que estamos hablando de filosofía aplicada a las bellas artes de lo onírico y lo patafísico. Baste, para comprobar la inaudita aseveración, lanzarle un ojo a los primeros párrafos de El Color de la Magia en el que se nos presenta a A¨Tuin:

“En un lejano juego de dimensiones de segunda mano, en un plano astral ligeramente combado, las ondulantes nieblas estelares fluctúan y se separan.

Vamos…

La Gran Tortuga A´Tuin se acerca, nadando lentamente por el golfo interestelar, con los pesados miembros llenos de hidrógeno congelado, la enorme y viejísima concha llena de cráteres de meteoros. Con unos ojos del tamaño de mares, encostrados de lágrimas reumáticas y polvo de Asteroides, Él contempla fijamente el Destino.

En una mente más grande que una ciudad, con lentitud geológica, Él piensa sólo en el Peso.

Por supuesto la mayor parte del peso se debe a Berilia, Tubul, Gran T´Phon y Jerakeen, los cuatro elefantes gigantes sobre cuyos lomos y amplios hombros bronceados por las estrellas descansa el disco del mundo, enguirnalado por una enorme catarata a lo largo de toda su circunferencia, y cubierto por la bóveda azul pálido del cielo.

Hasta ahora, la astropsicología no ha sido capaz de averiguar en que van pensando.

La Gran Tortuga era una simple Hipótesis.

(…)

Existía la teoría de que A¨Tuin venía de la Nada y seguiría arrastrándose a velocidad regular, con Paso Uniforme, hacia la Nada, durante el resto de los tiempos. La mayoría de los intelectuales apoyaban esta teoría.”

El deslizamiento desde el relato Bíblico (Al principio era el caos) hacía la Mayúscula Alemana de la Filosofía Kantiana, pasando por la fina parodia tan anglosajona, nos deja entrever la inteligencia y vuelo y dinámica filosófica con la que este hombre abordará la posterior y siempre paradójica aventura de su mago pueripatético Rincewind, cuyas capacidades mágicas nunca comprobadas jamás le hicieron perder la certeza de sus cualidades mágicas.

No deseo hacer un reseña al uso que dibuje ciertos retruécanos de la trama de ninguna de las novelas de Mundodisco, cuya saga hasta la fecha está ya compuesta por unos 30 volúmenes (casi una colección de una editorial pequeño-mediana, y más que todo el volumen de catálogo de algunas editoriales pequeñas) y tampoco sé, si todos sus libros tiene el empaque de Rechicero, que fue el que cayó en mis manos en tan desafortunado regalo que nunca fue, lo que sí puedo asegurar es que el libro se leyó en una noche de incesante y refrescante lectura.

Hace algunos años, en un ejercicio literario, me pidieron que buscara lo que vendría a ser una presentación de personaje que me hubiera resultado redonda. Elegí, después de un paseo memorable por los estantes (Internet aún era aún una Idea en mi casa) la presentación en la que Marlow introduce a Lord Jim. En ello se daba la debida relación sentimental y personal inseparable a mi ánimo orgulloso pero, a un mismo tiempo, también cierta inclinación vanidosa de agradar a mis profesores de Teoría Literaria con una elección, por lo demás, que sabía canónicamente intachable:

“Le faltarían quizá una o dos pulgadas para alcanzar los seis pies de altura, era de constitución fuerte, y avanzaba hacía uno directamente, con una ligera inclinación de hombros adelantando la cabeza con una mirada intensa y profunda que recordaba a un toro cuando embiste. Tenía una voz grave y potente, y en su porte mostraba una especie de aplomo obstinado que no tenía nada de agresivo; parecía tratarse más bien de una necesidad que, en apariencia, rezaba tanto para sí mismo como para cualquier otro. Era de una pulcritud intachable, vestía de un blanco inmaculado de pies a cabeza, y en los diversos puertos orientales en los que se ganó la vida como corredor de proveedores de barcos se hizo muy popular.”

Recordé este ejercicio el otro día, recién llegado y sobrepasado el siguiente párrafo de Rechicero, y que nos dice:

“Tras un momento, una figura alta y delgada apareció precedente de detrás del pabellón. Parecía una de esas personas cuyo hilo de pensamiento puede seguir toda la longitud de un sacacorchos sin doblarse, y el brillo de sus ojos habría hecho que el roedor medio se marchara desanimado. Era, en definitiva, el tipo de hombre que ha nacido para ser gran visir. Nadie le podía enseñar nada acerca de estafar a viudas y encerrar a jóvenes impresionables en supuestas cuevas llenas de tesoros. En cuestión de trabajos sucios, era probable que hubiera escrito un libro, aunque era más probable todavía que se lo hubiera robado a alguien.”

Desde luego se hace difícil y absurdo comparar ambos párrafos en un plano “formal” más allá de que parecen de extensión relativamente parecida, pero a día de hoy, enfrentado a aquella tarea de Escuela Literaria, hubiera sin duda elegido el párrafo de Terry Pratchet y discutido hasta el final de los eones con cualquier profesor al que se le hubiera ocurrido negar su calidad literaria o su asombrosa capacidad de “presentar al personaje”, dicho así, con cristalina claridad.

Y es que a veces, dos párrafos al buen vuelo-página del azaroso lector que se encuentra bajo la presión indiscreta de un centro de ventas como la FNAC, valen de sobra para saber que te quedarás con el regalo de tu hermano.

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3 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. María José
    Ene 24, 2011 @ 20:46:14

    Acabo de encontrar tu blog a través de Culturamas, muy interesante y divertido para leer. Nos estamos leyendo.
    Jose

    Responder

  2. Guillermo Aguirre
    Ene 24, 2011 @ 21:50:14

    Gracias María José, no actualizo tanto como me gustaría porque otras colaboraciones me llevan algo de tiempo, pero si disfrutaste al menos un poco con la visita ya me alegraste el día. Según tenga un segundo pasaré a subirme por tu Camino.
    Abrazos.

    Responder

  3. Trackback: 28 de abril « ¿Qué escritor nació el…?

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