Justicia Poética castiga sin palo.

No salíamos de nuestro pasmo. Eran demasiadas vueltas detrás de Petrov. Demasiado desconcierto e impotencia patria. Mucho dolor. Nuestro amigo del cuello ancho, Fernando Alonso, o Alonsito que le llaman en su tierra los pro Bables, no lograba sobrepasar ni a tiros la máquina amarilla de Petrov que empujaba el aire como una flecha en todas y cada una de las rectas. En medio del estupor o la resaca dominical me vino un flashback a la mente. Yo ya había visto antes aquel derrame rojo tras la estela de un Renault acelerado. Ocurrió hace tiempo pero al revés. Alonso se amotinaba frente a un impotente Schumacher que seguía la estela de la escudería francesa. Estábamos asistiendo a un acto de justicia poética y de orden universal. La Justicia Poética y las leyes del amigo Murphy son, por así decirlo, la visión existencial y afrancesada del “Dios castiga y sin palo”, una vez quedó dicho aquello de “Dios ha muerto” y todos nos pusimos manos a la obra (en plan cadena de montaje) con la revolución sexual y el amor plusmarquista entre camaradas.

La Justicia Poética se da por ejemplo en los letrados galardones españoles, cuando se ve que el ganador está a las puertas de la muerte y se le reconoce entonces su magna obra. Ha ocurrido hace nada con José María Millares Sall, al que le aplaudimos un Nacional de Poesía (como si te soltaran un Grammy, vamos), aunque un poco tarde y después de muerto. Repetimos muy contentos “Ha sido Justicia Poética”, así como esperamos futura justicia poética sobre la figura de Guelbenzu, que se lleva el Torrente Ballester (que a ver para qué quiere ese hombre otro premio). Lo del reconocimiento a la carrera de una vida (con toda o sin toda su Justicia Poética) es algo que debería de otorgar la mujer y los hijos de cada uno, y no un club a lo Reader´s Digest. Esta apaciguante expresión fue acuñada por un tal Thomas Rymer que quería contarnos cómo una obra debería inspirar el comportamiento moral por medio del triunfo del bien sobre el mal. Santas Pascuas. Su incierta categoría de recurso narrativo amplió fronteras hasta el dicho popular, y de ahí se alzó directamente hasta los cielos de la justicia divina, aun pensando que ya habíamos cerrado sus puertas a la habitación de los hombres.

Nos gusta imaginarla multiforme y abstracta cuando a Fernandito le quita el podium mundial (por puro bingo) su antigua escudería. La observamos narrativamente precisa en momentos como el estelar de Pizarro que, habiendo encontrado su oro (el oro mítico del Perú), recibió muerte a estocadas por los que eran sus colegas en aquella farra de la conquista, y la vemos casi hebraica y no falta de humor cuando pensamos en Plinio “el Viejo”, que por pasión científica se fue a dar un paseo directo al Vesubio para entender de cerca el magma, los gases y toda aquella parafernalia. La ponemos aquí y allí y así rebajamos nuestra fatal conciencia y esa terrible sensación de que tras las cosas normalmente lo que existen son errores humanos y malas decisiones, muchas veces tomadas por cualquiera de los grandes clubs a lo Readers Diges´t a los que todos pertenecemos. Y es que por mucha cuerda que le demos al “Dios ha muerto” nos gusta mirar hacia arriba y lavarnos las manos en el cuenco de Poncio Pilato, y si no que se lo digan a Zapatero, para el que todo son cosas de Murphy, y esta tostada nuestra, entre tanto, del revés y boca abajo. Frente a un cambio tan triste (que ni es cambio ni na porque hasta la crema de la intelectualidad necesita signos divinos y elevados) yo me quedo con el “Dios castiga y sin palo”, que al menos me recuerda a mi abuela y a unos tiempos mas temerosos de la Ley pero exactamente igual de cobardes. Para que nos vamos a engañar, mejor escondamos la cabeza como las avestruces y farfullemos salmos bajo tierra a ver sin nos escuchan las elevadas cortezas y los deíficos estratos. Gustave Flaubert escribió en su correspondencia; “al no haber ya dioses y al no existir Cristo, hubo, de Cicerón a Marco Aurelio, un momento único en el que el hombre estuvo solo”. Pero eso fue hace mucho tiempo y ya ni nos acordamos. Ahora Justicia Poética está de nuestro lado.

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