KaBOOOOMMM!!! o El Latido Del Horror.

A lo largo de todo el indolente año pasado, intenté hacer un periplo por la Segunda Guerra Mundial, sus consecuencias, su raison d’être, su horror, incomprensión y espiritualidad. Ayudaron en el trayecto títulos muy dispares, historiadores desde Beebor hasta Kershaw, pasando por Toby Tacker, hasta narradores privilegiados del suceso, o de la gestación del suceso, como Von Rezzori, Hamsun, Steiner, Miloz, James Stern, Ballard, el própio Hitler, Churchill o Goebbels.

La Segunda Guerra Mundial, a diferencia de nuestra mediocre Guerra Civil, sigue irradiando luz sobre las futuras generaciones sin necesidad de que esa luz se vea constantemente encendida por políticas de estado (cómo la recuperación de la memoria). Es como si acaso su radioactividad aún se mostrara impertérrita en el aire. Su, digamos, potencial lumínico, está basado en un detalle escandaloso que sobrepasa cualquier clase de razonamiento: lejos de ser materia histórica, la Segunda Guerra Mundial es un relato del futuro acontecido en el pasado. De ahí deriva su más que habitual utilización estética y filosófica en películas y novelas de género futurista. Su morfología es la más adecuada para imaginar un sin fin de futuros que, además, ha creado ella misma en el imaginario común: toda la narración y literatura del postapocalípsis, o de un mundo postapocalíptico, es sólo pensable a partir de la Segunda Guerra Mundial (y no antes) y, a día de hoy, no sólo pensable, sino incapaz de no ser pensada. La Segunda Guerra Mundial ha incidido en el imaginario común, variándolo y desviándolo hasta el presente, y dibujando así su propio futuro (que ya nos es afín a todos). Recorre la historia como un nervio que fuera más allá del cuerpo al que dota de vida, internándose en la nada y el vacío. Su incapacidad de ser comprendida, de ser leída como resultado de un proceso lógico trasciende el relato hasta la ciencia ficción o la fantasía.

Buena prueba de ello es el libro El piloto de Hiroshima cuya narración epistolar comienza después del broche final a la guerra en Hiroshima y Nagasaky (y digo broche por su neta utilidad decorativa) y que es resultado del incesante carteo entre Claude Eatherly y Günther Anders, el primero piloto del Enola Gay y el segundo adalid del manifiesto antinuclear. La correspondencia comienza así en las postrimerías de la Segunda Guerra y recoge el subterráneo pánico de la Guerra Fría (hija pródiga y aventajada de la primera). Claude Eatherly fue el único hombre del Enola Gay (el avión que soltó el manzanazo sobre Hiroshima) que sufrió un proceso de culpa tan violento que, después de algún intento de suicidio, el abandono de su mujer y toda clase de pequeños crímenes con los que intentaba llamar la atención del mundo, acabó encerrado en un psiquiátrico por obra del estado americano e impedido de vivir el resto de su vida. Como él mismo dice “Ya es difícil pagar con la culpa de haberle hecho daño a un sólo hombre. Imagínese, yo he matado a 140.000 personas”. La Culpa de Claude es fiel sinónimo de este peso inespecífico (pese, o gracias, a sus específicos cadáveres) que rodea toda la narración de la Segunda Guerra. Una culpa no antes vista que sobrepasa el límite del razonamiento humano e incluso de la capacidad imaginativa y cuantitativa del hombre. Parece como si Claude nos visitara desde el futuro, fuera la imagen de un hombre incierto que viaja para alertarnos desde un más allá catastrófico e indecible. Claude era un hombre sencillo, un granjero americano que cumplía con todos los tópicos de la época en el medio oeste. Su incapacidad de relatarse a sí mismo lo ocurrido encuentra cierta paz en el relato de Günter Anders. Así, todo el problema se convierte en un problema de lenguaje, en un problema de carencia de lenguaje y de visión global. Pero, pese a ello, las herramientas que utiliza Günter, más avezado en el oficio de la compresión, están afiladas por el hacer político. Salva a Claude dotando a su existencia de un sentido, convirtiéndolo en mártir de la era atómica y, a un mismo tiempo, en guerrero antinuclear.

El resultado es triste porque la compresión cierta del suceso continua siendo materia oscura para los dos hombres. Una materia que sólo pueden iluminar parcialmente con acciones políticas y de batalla. Dando sentido, sí, pero incapaces por ello de comprender en profundidad el sinsentido. Y es que ya ha quedado dicho, el sinsentido es algo que nuestro lenguaje jamás podrá traducir y eso hace que la Segunda Guerra Mundial sobreviva en cada uno de nosotros igual que sobrevive el inexpugnable misterio de existir. El Piloto de Hisroshima, publicado por Paidós es, como todos los relatos del horror, una vehiculación suicida hacía la compresión parcial, el intrigante desastre de haber nacido con un lenguaje falto de palabras para comprenderse y comprendernos.

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5 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Célig
    Nov 14, 2010 @ 19:04:01

    Estupendo relato fatalista de aquello que nos induce a vivir y nos condena al mismo tiempo…El sinsentido… Terrible creación humana

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  2. Brancaleone
    Oct 11, 2011 @ 04:14:41

    No me gusta cuando llamas mediocre a la guerra incivil. Mediocres eran los que la dirigieron. Tenemos demasiados excelentes muertos que no se merecen ese adjetivo.

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    • Guillermo Aguirre
      Oct 14, 2011 @ 10:10:00

      Tienes razón en que el horror no debiera de poder contabilizarse porque en principio debería de tener el límite en la propia muerte en sí (ya sea de uno o de cientos) pero lo cierto es que, si se lee sobre la Guerra Civil y se lee sobre la II Mundial, el horror de esta última (por ejemplo cuando se nos relata como se lanzó a 30.000 Judios por un acantilado cercano a Cracovia) uno, a ese nivel de sinsentido, no puede mas que sentir que (en cuanto a horror) nuestra guerra civil fue en “esa medida” (y no en otra) mediocre.

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  3. Brancaleone
    Nov 18, 2011 @ 01:44:00

    La medida del horror es el horror en sí mismo, y no tiene medida, por lo menos para mi. Acertada y clarificadora puntualización de tu opinión, as usual, hombre de letras.

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