Carta de Claudio a Lolita.

Yo, Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico Esto-y-lo-otro-y-lo-de-mas-allá (porque no pienso molestarlos todavía con todos mis títulos), que otrora, no hace mucho, fui conocido de mis parientes, amigos y colaboradores como “Claudio el Idiota” o “Ese Claudio” o “Claudio el Tartamudo” o “Clau… Clau… Claudio, o, cuando mucho, como “El Pobre Tío Claudio” voy a escribir ahora esta extraña historia de mi vida. Así comienza Yo, Claudio, novela que, conjunto a Claudio El Dios y su Esposa Mesalina, segunda falsa parte del artefacto, entra en mi top ten como un elefante en una cacharrería. Basta este principio de párrafo para saber que uno está ante algo grande (nada menos que, sumadas, mil y algunas páginas). Un principio de párrafo que con aquel Yo tenía una graja en África o el afamado Lo-li-ta, entran en mi top five de “¡Venga, no me jodas!” que es lo que uno debe de exclamar al comienzo de toda buena novela. Voy a dar por supuesto que todo el mundo conoce el tema de la novela: el relato de Roma y sus Césares desde la muerte de Julio y la ascensión de Augusto, hasta la vida de Claudio, pasando, como no podría ser de otro modo, por Tiberio y Calígula.

Leo en la web y en algunas reseñas y críticas que la segunda parte, este Claudio el Dios y su Esposa Mesalina es menor que la primera parte: Yo, Claudio. Semejante aseveración me parece sumamente idiota. En principio la obra fue contemplada por Robert Graves como un todo (que después, por motivos editoriales, se decidió dejar en dos volúmenes) así que, en primer lugar, no existe tal “primera parte” y tal “segunda parte”. Algunos de los que achacan a la segunda parte de la novela mayor desorden, vagos relatos fuera de cámara y una menor concentración en la escritura, confunden uno de los aspectos relevantes y filosóficos del mejunje. Esto es que Claudio, siendo historiador, tan sólo puede ordenar los hechos que a la Historia en sí se refieren (esto es Yo, Claudio y los “reinados” de Augusto, Tiberio y Calígula) y no así, el propio relato de su vida, Claudio el Dios y su esposa Mesalina, en el que el historiador se enfrenta directamente (y no de modo tangencial) al peso de su propia experiencia vivida y por ello reniega inconscientemente de la historiografía y sus Tálmudes formales, para lanzarse a una narración de perversión más moderna, el síndrome de Habla memoria que aquí podríamos denominar. Yo, Claudio y su Claudio el Dios supusieron un éxito de ventas y un hito en lo que entonces se denominó “novela histórica”, que resulta difícil de comprender si se observan algunos ejemplos de la actual novela de dicho genero.

Relegar Yo, Claudio a ese género, o a un sólo género literario, supone una condena similar a decir que John Le Carré escribe bestsellers dentro del genero del espionaje. Si bien es absolutamente evidente que Claudio es un artefacto de intención histórica, basado en los textos de Tácito o Suetonio entre otros, también es cierto que la novela en sí no contiene una única trama de perseverante agilidad y misterio encandilador (supuestos cada vez más habituales en novelas de corte histórico, ese Capitán al Traste, los complejos engranajes mesiánicos de Nicholas Wilcox o la sempiterna fragilidad de las catedrales malignas y los códigos Flamencos) sino que nace de una ambición mucho más cosmogónica: trasladarnos a un todo de hombre, época y contexto. Las intrigas se superponen unas a otras perdiendo importancia narrativa y, en un punto, la novela, se separa del género para convertirse en una narración de corte biográfico, con las profundidades narrativas que se esperan de un narrador en primera persona, sus análisis psicológicos y filosóficos, y una fina dosificación entre la información histórica, la trama, los meros apuntes curiosos y una visión costumbrista del día a día de Roma que por su lejanía es per se condicionante estético, histórico, exótico y esotérico del conjunto. En sí misma se trata de una narración de alta expectativa, escrita en una época en la que los superventas aún no rozaban la pasmosa facilidad de escritura a la que ahora acostumbran (sí su número de páginas) y en donde, aún tratándose de un encargo editorial (lo dijo Graves), un autor practicaba la excelencia por algo que, a ojos vista y a día de hoy, tan sólo nos puede parecer una decisión individual y altamente ética para con el hacer de la literatura. Una novela que, a fin de cuentas, como León el Africano de Maalouf, o como Los Idus de Marzo de Wilder o Sinué el Egipcio, nos recuerda que, aún en cualquier negocio del género, es necesario servir a una causa mayor, trabajar en profundidad y no dormirse en los laureles. Y algo más: que raramente se puede confiar en la política de las mujeres si es que estamos hablando de Roma. Y lo estamos, Lo-li-ta.

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4 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Célig
    Nov 15, 2010 @ 20:09:42

    Un gran betseller magníficamente escrito , magníficamente leído y magníficamente comentado…¡Chapeau! aunque Lo-li-ta se me escapa.

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  2. Brancaleone
    Oct 11, 2011 @ 04:03:05

    Magnífico Claudio.

    Responder

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