Literatura en la dirección ideal.

Hasta ayer mismo yo ni siquiera sabía que existía un premio Nóbel de literatura. Algo al respecto había escuchado por aquí y por allá, pero como Scobie (en El Cuarteto de Alejandría cuando le preguntaban sobre La Virgen) “desconocía, por así decirlo,  funciones”.  Lejos de meterme en intrigas policiacas respecto a las decisiones del jurado del Nóbel, de si la desorbitada cifra como premio es la que produce tanta emoción, o lo que produce emoción es eso que los periodistas llaman “la consideración a toda una carrera”, o si la una y la otra son la misma cosa. Lejos de todo eso o de pensar si existe una relación judeo-masónica-evangélica entre la fumata blanca y la puerta blanca del Nóbel de donde surgen las decisiones (cosas, todas, que veo se barajan en la intriga de la red), a mí lo que realmente me llama la atención es la frase bajo la cual se entrega el dichoso premio. Y que reza: “a quien haya producido en el campo de la literatura la obra más destacada, en la dirección ideal”.  Y es que la aclaración final de la frase, lejos de aclarar lo ya transparente, resulta de lo más perturbadora. ¿Se puede saber qué es la dirección ideal? Si así fueran las bases de un premio de esos de envío de manuscrito (por quintuplicado, terrible espacio y a una cara) uno no tendría ni remota idea de qué carajo debe escribir. Se vería con las de San Quintín y no como cuando alguien se presenta al premio de Roque de Briberas. ¿La dirección ideal de quién? ¿De quiénes? ¿Ideal entendido como excelencia? ¿Entendido como corrección política? ¿De quién, para quién, ideal para qué? ¿Como utopía? Extrapolarlo hacia el terreno de lo político parece inevitable (dos y dos: veintidós). Recogiendo que la creación del premio tiene intenciones sociales, en palabras del dinamitero Nóbel (pronunciado  nobɛ:l) “el premio se entrega a aquellos que hayan realizado contribuciones notables a la sociedad”,  uno tan sólo puede suponer que se trata de una dirección ideal socialmente hablando. Esto, quizá, en otros campos de trabajo, tenga algún sentido, pero en el campo de la literatura, parece convertir, más si cabe, el asunto de lo ideal en un retruécano inexplicable: Está demostrada la consecuencia social de la existencia de la literatura, pero no así que la buena literatura se escriba con intenciones sociales. De hecho, casi uno diría que la literatura se ha escrito en contra de direcciones ideales. Joyce, Proust, Faulkner, T.S. Elliot, todos ellos se cargaron las convenciones narrativas de lo ideal en la época. Cocteau, Miller, Burroughs, se enfrentaron a lo políticamente correcto. Bradbury, Huxley, por ejemplo, alertaron sobre las utopías ideales de supuesto bienestar (y me dejo a un puñado de valientes rusos por el camino). Nombro sólo a unos cuantos a los que, presupongo, el concepto ideal, con toda su abstracción, se la traía tan al pairo como decir nada, o eternidad, o vacío, palabras tan difíciles de ver que a uno le hacen sentirse miope, pero muy miope.

La RAE (venga a nosotros tu reino) define el término Ideal con las siguientes acepciones: 1adj. Perteneciente o relativo a la idea. 2adj. Que no existe sino en el pensamiento. 3adj. Que se acopla perfectamente al arquetipo. 4adj. Excelente, perfecto en su línea. 5m. Modelo que sirve de norma para cualquier dominio. 6m. Conjunto de ideas o de creencias de alguien. A uno la cosa le deja frío y perplejo con semejante abanico de posibilidades, y quizá, por ello, o con ello, se entiende que el premio Nóbel se puede dar por una obra excelente en cualquiera de estas acepciones, y así, entender en el caso número 1, por qué le dieron a Sartre el galardón. En el caso  2, por qué se lo dieron a Beckett (todos sabemos que Beckett no era una entidad real, ni física, ni nada de na), por qué, con la tercera acepción, bien se lo pudieron entregar a Winston Churchill; o con la sexta, al filósofo Bertrand Russell. Las ovejas políticas de medio lomo se han puesto a balar con la elección de Vargas Llosa, balan los blogs, la prensa, los de una corriente y otra, izquierdosos tópicos, derechistas confundidos, liberales atróficos y humanistas con poco flujo sanguíneo. Balan, y al lector medio, aquél que quiere aplaudir la literatura, tan sólo le queda esperar que el premio lo hayan entregado adscribiéndose a la cuarta de las muchas acepciones (excelente, perfecto en su línea, como el Kellog´s Special K. Y con todo, al pensar en las grandes obras de la literatura: El Ulises, Los Trópicos, los Cuatro Cuartetos, las Opiniones de un Payaso, El Ruido y la Furia… parece inevitable desear que el premio se entregara bajo la reconfortante y atractiva premisa de “a quien haya producido en el campo de la literatura la obra más destacada, en contra de todo lo ideal” o bien, que quitaran un anexo tan turbio y tan abstracto, que sólo puede dar lugar a que un pobre hombre como yo pase una tarde de sábado con las conjeturas más extrañas, y sin sable. Quizá Magris, algún
día.

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1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. Javier Divisa
    Oct 14, 2010 @ 11:20:09

    Buen análisis, nada ideal pero bueno. Excelente, perfecto, en tu linea.

    Responder

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