Pensando en alto. Desayuno con Günter Grass.

Ya sea por que, poco a poco, se perfila un clima más templado de Otoño y ansío emigrar a regiones más frías, o porque regreso sobre mis obsesiones como Pulgarcito sobre sus migas, hoy he desayunado con la charla  Escribir después de Auschwitz, de Günter Grass, que se vuelve a publicar, ahora conjunto al Discurso de la pérdida. Sin embargo, Escribir en solitario, podemos leerla en ediciones digitales, grabadas, y toda suerte de llamativos soportes, debido a que, en su día (corrían los años 90), supuso una especie de declaración barroca del premio Nóbel alemán. Lejos de volver a leerlo como una llamada de atención a cierta espiritualidad alemana, o a cierto comportamiento alemán, o pauta alemana afín al espíritu sajón, o lejos de tomarlo como una advertencia a la reunificación, o como lo que el autor dice que es (“el frustrado intento de dar respuesta a la pregunta de Adorno” al preguntarse si “escribir después de Auschwitz implicaba o no volver a empezar toda escritura posible debido al saqueo perpetrado a los recursos morales de la cultura”), lejos de empezar con eso y de preguntarme si eso, hoy en día, tiene algún valor más allá del histórico, me gustaría decir que, para mi sorpresa, me he reído un rato con el texto.

Y es que bajo las premisas arriba establecidas y leído ahora, aquí, Günter Grass parece lanzarse a un inteligente y sutil discurso automasturbatorio y epicúreo en el que de todo el Grupo del 47, tan sólo acaba por parecer moral (digna de Auschwitz) y correcta, su propia literatura y su Tambor de Hojalata. Günter parece convertir el discurso entero en una elevada tragedia en la que el mismísimo campo de concentración y su horror son sublimados, metáfora mediante, hasta pasar a ser ese mero problema estilístico al que cualquier joven artista se enfrenta a su paso sobre las flores y extraer de ellas el jugo gástrico de su arte. Todo queda relegado a un mero problema estético, como si Günter resolviera que, siendo la estética primera a la ética, la solución a la pregunta de Adorno pasara tan sólo por ser estilística y narrativa. Su incapacidad para ver más allá de sus propias gafas tampoco es tal, lo admito, al autor le han mandado hablar en una conferencia y, desde luego, debe de centrarse en su obra, pero la elección del título es perturbadora y hoy parece responder más bien a criterios publicitarios que a cuestiones de verdadera entidad moral, por más que Günter pretenda, con elevadas florituras de lenguaje, acercarse al abstracto problema de la supervivencia después de la culpa y la aceptación: “Se trataba de abjurar de las magnitudes absolutas, del blanco o negro ideológicos, de decretar la expulsión de las creencias (…) había que celebrar la miserable belleza de todos los matices del gris”. Günter expande aquí su yo artístico e individual (y sus problemas de artista en ciernes en los 50) sobre el pueblo alemán, sus trabajadores y su sociedad criminalizada por el invasor extranjero, como si acaso eso fuera posible y homologable y, sin embargo, uno encuentra en ello una tierna cordura de artista egocéntrico y rabioso que deja ver el tejido privado del que Günter está hecho.

Pese a todo, el resultado, por encima de esta charla, es evidente y al fin positivo: en el interior de la turbadora paja y heno del Tambor, o de los Años de perro, probablemente hallamos casi pura la aguja afilada y metálica de la conciencia de postguerra, y encontramos un modo cuasi-perfecto, estilísticamente hablando, de tocar el problema de raíz (en su nivel abstracto) sin usar el molesto atajo de la evidencia violenta, sin nombrar, o mostrar el Horror (mayúsculo de Kurtz) como hicieron otros al publicar sus vívidos testimonios en los campos de concentración, por ejemplo.

No hace mucho mi amigo Sergio C Fanjúl me entrevistaba (a mí y a otros) para un reportaje que pensaba sacar en Babelia y que al fin salió bajo el título (válgame Dios) de “Aullidos de Transgresión”. En él se hacía la pregunta de si acaso era posible ser transgresor bajo la luz de este sol nuevo, impávido y curado de espantos como un queso manchego. Yo acababa por decir que, aún pudiéndose hablar de cosas escandalosas, había que diferenciar entre aquello que resultaba transgresor y aquello que era de buen gusto o de mal gusto, moral o antimoral.  Hoy, después del cine de cartelera de El Pianista, La Vida Es Bella o El Lector (y sus respectivas novelas), después del souvenir de Austchwitz y el Horror, y ahora que el afamado campo de concentración es triste testimonio turístico, ahora que el pueblo alemán es centro del “jeje” europeo y que ha llegado la tercera generación de postguerra a un Berlín reconvertido en capital de la música electrónica y de la vanguardia, la pregunta de Escribir después de Austchwitz cobra un sentido casi cómico, aunque prevalece esta otra lectura del discurso de Günter, la lectura de la frontal lucha del artista por encontrar su estilo, por hallar un modo de “escribir después de Austchwitz” (sea Austchwitz lo que quiera ser para cada hombre entregado a una pasión). En fin, que se me ocurre que, hoy por hoy, a la hora del desayuno, este discurso de Günter Grass, leído como una mezcla de Las aventuras del joven Werther y Las cartas a un joven poeta, todavía puede estirarse un poco más, leerse con cierta agradable comicidad humana, aunque su título haya dejado de ser el apropiado, y quizá no lo fuese nunca.

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