Mundocirco

 

Allá por 1983, Terry Pratchett, publicó el primer libro de su saga Mundodisco, un libro con ejércitos cobardes, brujas melifluas, y un mago vago cuya ambición era pasar de largo sin más pena que gloria por un mundo épico ido al carajo, surrealista y del revés, como la canción de Paco Ibáñez. Algunos quizá recuerden el libro más por sus series televisivas o adaptaciones, o quizá por su incursión en las aventuras gráficas para PC, que puso a Lucas Arts y su saga Monkey Island en un serio apuro, porque implementaba el mismo humor de vodevil y la misma fanática intención de poner entre comillas nuestro presente a través de un universo soñado y correlativo (de correlato, no de sucesivo). Un mundo, este de Mundodisco, plano como la onda cerebral de un burro, apoyado sobre el lomo de cuatro elefantes torpes que, a su vez, apoyaban sus patas sobre la concha de una tortuga titánica, desinteresada e interespacial. Y es que el mundo quizá no ande muy lejos. Recuerdo la fábula. Un maestro estaba dando clase cuando dijo a sus discípulos que el mundo era plano. Un discípulo le preguntó en que se apoyaba el mundo plano, a lo que el maestro contestó: “en el lomo de una tortuga”. Y continuó dando clase. Al punto, el mismo discípulo levantó la mano y el maestro presuroso, sin dejarle siquiera hablar y viendo por donde iba el alumno preguntón, contestó raudo: “y debajo de la tortuga hay más tortugas. Sólo más tortugas”. Un roto y un descosido.

De montones de tortugas sociales, dinosaurios políticos y reptiles sociológicos está el sustrato del mundo lleno. Dicen que si hoy Belén Esteban se presentará a las elecciones (así, sin grupo ni nada, a pelo como las amazonas) sacaría más escaños que IU (por cierto, este viernes en el Hotel se presenta el libro Belén Esteban y la fábrica de porcelana de mi amigo Miguel Roig). Al otro lado de la llanura azul, nuestro siempre útil Chavez gana unas elecciones sacando menos votos que la oposición y disfrazado con un chándal hiperespacial del hipermercado de la esquina (dime como vistes y te diré si estás en un gimnasio, en un picnic de domingo en la rivera maya, o en el parlamento). Allá al sur, como en la canción del pirata Estambul, y por los derechos humanos (o los reveses humanos, más bien), dicen que a Sakineh no van a lapidarla, que la ahorcarán, que sale también muy vistoso (y nosotros preocupados por lo nuestro, tiene cojones). Y ya en lo nuestro, esta huelga general pactada con el gobierno, se convierte en una fanfarria de banderolas y matasuegras que los empleados cruzan de camino al trabajo con pinta de no haber sido del todo invitados, o los padres adscritos, recorren con sus hijos camino del parque, aprovechando la coyuntura y sin discutir de ná. Una huelga de columpio y truquemé porque literalmente los niños han sido advertidos: “llevarlos al colegio sería peligroso”. Mientras, Puigcerdós (digno de aventura gráfica) anda por ahí instando a “Catalanizar la huelga” (barretina y tres cojones, no se sabe el qué de corbata y el qué en la cabeza) porque ha confundido queso con atún, textualmente equiparando: “Los intereses del trabajador”, con “Los intereses de Catalunya”. Y es que toda ocasión es buena para sustantivar a la amante topográfica. Sólo falta el mono del Monkey Island chupando horchata o el cofre con patas y cola de perro, de “madera sabia”, que acompañaba a nuestro mago inútil, sobre el caparazón violentamente urbanizado por Julián Muñoz de la tortuga espacial de Mundodisco, mientras intentaba solucionar el enredo de su descabellada aventura intelectual.

Y pese a parecer que todo anda boca abajo, que érase una vez un lobito bueno al que maltrataban todos los corderos, baste preguntarse con quien prefiere uno cenar y tomarse una copa, si con Belén Esteban o con Llamazares (y es que como le pasa a esta columna, nos gusta más la fiesta que la tesis). Ayer mismo mi jefe y amigo, Eduardo Vilas (que de esto sabe) me preguntaba si acaso como trabajador suyo iba a hacer huelga. “¿Qué huelga ni que ocho cuartos?” Repuse. “Pues yo sí que voy a hacerla” contestó él. Y es que ahora la huelga la hacen los jefes. Si lo piensan bien, todo esto, lejos del surrealismo de Mundodisco (y había también una bruja hermosa y un pirata honrado y un príncipe malo), en nuestro Mundocirco, con un Paco Ibáñez reconvertido al nacionalismo vasco, tiene mucho pero mucho sentido. Lo sabía Terry Pratchett. Da miedo pensarlo.

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