reseña a Imago.

QUE VEN MIS OJOS

Imago

Carl Spitteler

Nórdica libros

Pp: 229

Maravillosa sorpresa. Así expreso la aparición de Carl Spitteler en mi vida literaria, autor Suizo, poeta, premio novel de 1919 al que la guerra posiblemente confundió entre sus fechas y que por eso, quiero pensar (cuanto menos para mi) permanecía oculto – aunque presentido-. Maravillosa sorpresa, digo, haberlo conocido de la mano de Nórdica libros (gusta cada vez más la calidad de las pequeñas editoriales de este tipo a la hora de traernos a colación libros tanto en su faceta impresa como en su selección de títulos)

Maravillosa sorpresa, repito.

Imago fue la única novela que escribió Spitteler y que tildaron de autobiográfica. Aún en el caso de que lo sea, la distancia para con el texto y su personaje principal, es tal y tan moderna y fresca, que uno diría que caso de ser la novela autobiográfica – difícil deducir donde empieza lo uno y acaba lo otro- podríamos asegurar que Carl era un hombre capaz de verse a si mismo por el agujero de la cerradura más distante íntima y patética, a modo – salvando las distancias estilísticas- del fantástico Jon Kennedy Toole en la Conjura de los necios. Y es que Víktor, el personaje central del libro – un hombre que llega a un pueblecito de la burguesía Suiza- un poeta, quizá no importe, alguien en fin con cierto espíritu renacentista, resulta tan patético y cercano que su complexión nos sorprende a nosotros mismos en la más degradante y divertida de nuestras posturas: Como panza arriba con un dedo en la boca o sacándonos los mocos, babeando por la mujer perdida, intentado, por ejemplo, robarle la correspondencia y destrozando el buzón en ese menester.

Imago – que tuvo una gran acogida en la comunidad psiconalítica de la época y que dio nombre al término Jungiano que explica la representación de una imagen falsa, inventada, que establece nuestra conducta para con aquello que nos rodea y que designa la tópica entre lo real, lo imaginario y lo simbólico- nos relata la historia de este Víktor que aparece en una ciudad desconocida … (“aquel viajero”)…” en busca de una mujer – la esposa del director Wyss- a la que conoció brevemente en un balneario y que el asegura está loca por él. La fricción se produce entre lo que Víktor desearía fuera cierto – esa locura de amor- y lo que realmente pasa; que la mujer del director no le hace ni el más puto caso. Víktor penetrará a fin de hacerse con ella y de demostrarle al mundo “su verdad” en el tejido burgués de la pequeña localidad de X que le acoge,  pero su posición entre estos se verá ciertamente condicionada por la aparición de Imago y de otros fantasmas  – pedazos de su yo encubierto que hablan en nombre de lo noble, de lo real, de su arrojo, de su miedo o de la moral- y que marearan a nuestro héroe que a ojos de aquellos que le han acogido, será al tiempo un monstruo, un hombre enfermo, o una persona dulce y genial, o a saber, dependiendo del día y de cómo se comporte en las más alocadas de las situaciones, y dependiendo, así mismo, de con que parte de sí halla hablado nuestro amigo por la noche y cual parte de sí le haya convencido de lo que debe o no de hacer: Pseudo, la esposa falsa del director que se le aparece bajo la forma real – la de Imago- pero que siempre le rechaza y le encoleriza, Theuda, la cierta esposa, de la que ya no sabe que pensar y que anda por ahí olvidándose de él, o Imago – la divinizada a la que sólo le queda rendir tributo y pleitesía y a la que Víktor – y su pueblo interior con el que habla y al que le promulga leyes- rinden tributo en una forma – y en un lapso de la novela- de un modo que bien recuerda a la más antigua de las representaciones: la Platónica de la belleza que se produce en la divinización y posterior trascender de la idea sobre la forma.

Una novela multiforme y multi-idea (¿?) compuesta por el líquido gaseoso del espejismo, en la que Víktor resalta en su plenitud infantil – podríamos decir edípica (la sociedad y la mujer del director Wyss que la corona, son extensiones de las relaciones familiares)- cruel aunque en el fondo noble, caprichosa y a veces retorcida, que nos recuerda en una suerte disparatada, más espiritual y romántica pero no menos moderna y patética, al Ferdidurke de Gombrowitz, y a los tratamientos – la representación de lo real, su reasignación o re-emplazamiento en lo individual – de los subrrealistas posteriores, sólo que doce años antes de que todo esto ocurriera, en el año 1906 de nuestro señor en el que la novela Imago se escribe y se imagina.

Desde luego no desentrañaré el final de la fatídica lucha de nuestro hombre, pero del vulgo vivido entre la idealización de la mujer que Víktor ama, y su constante golpeteo en las tejas de lo cierto – la sociedad en la que vive la mujer real y no la idealizada- solo se puede salir (tema este que hoy nos atañe tanto como entonces) tristemente liberado.

Maravillosa sorpresa.

Pocas veces una caída fue descrita con tanta gracia y tanto vuelo.

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