reseña a Hormigas Blancas, de Jordi Doce.

¿EN QUE PIENSA LA CIGARRA?

Jordi Doce.

Hormigas blancas

Bartleby Editores.

Colección Miradas.

109 Pp.  10 €

Versos o Aforismos. Tropos o apuntes. Diario íntimo o cuaderno de bitácora. Esbozos sobre otras obras y autores (Kafka, Valery, Pavese, Yeats…) pintores (Bacon, El Greco…) o músicos (Milles Davis, Mozart…). Todo ello u otra cosa que es todo ello en conjunto y a la que habría que ponerle nombre decora o comprende este libro misceláneo, cambiante en su avanzar como la piel de las serpientes y que lleva por título Hormigas blancas quizás por esa laboriosidad de la palabra cuando trascurre – lento esfuerzo para sobrevivir al invierno de las ideas- cargada con el alimento de “lo poético”. Y es que en el fondo sobre el panel multicolor de las denominaciones anteriores que todo lo nublan y lo duermen en la antípoda del género, brilla, se solapa y se decanta “lo poético” como eje funcional del volumen que aquí nos atañe.

Jordi Doce ( Gijón 1967) nos trae este libro, extraño a la literatura Española, que esta cigarra mira con recelo aunque seducida por la laboriosidad, atrevimiento y modernidad del concepto: Nada menos que doce años del cuaderno de bitácora del creador (es Jordi Doce, pero es ante todo un poeta) se nos aparecen página a página enmascarados bajo muy diversas formas, como lo que ocurre en los poemas, que lo hace siempre por vez primera, así, deslumbrando con una capacidad de síntesis reveladora o reflexiva este libro avanza – siempre un movimiento hacía quién escucha – aunque no haya nadie y nos desgaja poco a poco y desde los ángulos más dispares (la ironía, la mordacidad, la trascendencia, lo lúgubre, lo conscientemente ingenioso o el misterio) una serie de reflexiones, aforismos, o audacias, que es seguro gustarán también a un lector que no lo sea de poesía, pero que al hablar en muchos casos de lo poético resultan ser finalmente lo poético.

Metaliteratura si, pero al modo del que lo hizo Auden (de quien Jordi Doce es traductor por otra parte) en La mano del teñidor: Desde dentro, desde lo propio y lo aprendido, hacía afuera, hacía ese negocio que les atañe (a Auden y a Jordi por igual) y que es la poesía: Una voz, más quizás toda una mirada, que recuerda a los legados póstumos en los que el autor cansado del esfuerzo de pensar su trabajo se tumba a dormir sobre lo escrito en vez de hacer como ese uno que para no pensar se pasa el día escribiendo.

El resultado final de esta rara ávís en nuestro cielo (quizás un cuervo en un campo de estrellas o al revés) es, sin embargo y para el lector, sorprendente. Lejos de que su fragmentación y esa ansia por beber de muchas fuentes se convierta en un batiburríllo más o menos deslumbrante, el libro presenta una unidad lentamente hilada: Algunos elementos; los pájaros o un mundo que nos es ajeno y que es per se metáfora de la otredad, se arrastran, reaparecen como obsesiones que crecen y varían su significado conformando así la respiración del volumen. Recuerda todo el conjunto a esos paseos que pueden ser y son semilla del acto creativo y de los que habló Claudio Rodríguez, esos en los que el ritmo del paseante y poeta se disponía siempre a la sorpresa del verso que coagulaba en el ritmo del paso y se conformaba a través de la azarosa mirada que iba alucinada de elemento en elemento, de farola en edificio. Versos estos, que aquí, en este libro, quedan casi solos, como el principio del acto de la creación; esquema, apunte, pequeña chispa. O como resultado del mismo; verso final, lugar en el que se conformaría el poema de haber poema, que por otro lado lo hay: Un poema largo que Jordi Doce no ha querido escribir y que asoma por cada uno de los espacios en blanco que el libro nos deja entre golpe y golpe de sentido tal y como hacía el piano de John Lewis – en aquel tema de The Modern Jazz Quarter llamado Carnival– que él tocaba rodeando la melodía del tema original: La Manha do Carnaval pero sin hacer mención al mismo, de ese modo, rodeando el propio texto del libro, Jordi Doce nos trae un volumen que se puede leer en la letra y en sus márgenes (un doble volumen) y que quizás por eso se llame Hormigas blancas: Porque letra blanca sobre margen blanco es una letra invisible pero no por ello menos presente, trabajosa e importante para este ecosistema nuestro que a veces parece transcurrir por un invierno permanente.

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