reseña a El Transcantabrico de Juan Pedro Aparicio.

CON EL CHACACHA DEL TREN

El transcantabrico

Juan Pedro Aparicio

Ilustraciones de José S.-Carralero y Maribel Fraguas

Ed. Rey Lear.

379 Pp.

Un viaje es algo que en si mismo comienza y que en si mismo acaba. Reside en el tiempo como las burbujas en la paz del aire; estanco, y por eso puede ser correlato de un millón de historias mayores: la de toda una sociedad en busca de su utopía;  Moby Dick, El recorrido hacía uno mismo; El camino, o un bosquejo costumbrista que nos trae a colación la imagen casi clandestina – a través de la ventana del tren- de un paisaje rural en la época de la transición, en el 1980 de España; Este Transcantábrico de Juan Pedro Aparicio que no es más – ni menos- que el relato del mítico tren de la Robla – el más grande de vía estrecha de Europa- que une Bilbao y León y que vivió su primera etapa de 1984 a 1991, y su segunda, hace apenas unos años, cuando se re-inauguró – para este que escribe una alegría pues no en vano es de Nava de Mena, pueblo que el tren cruza- el 19 de Mayo del 2003. Un tren  que en su haber se ha visto retratado en más de 11 publicaciones.

Este Transcantábrico de Juan Pedro Aparicio es una de ellas, una que es por una parte canto, elegía hacía lo humilde y poderoso, lírica de un paisaje que es nuestro, y por otra, crónica, ácida mirada hacía el interior de un tren y sus pasajeros que reflejan tiernamente la sociedad rural e industrial de 1980 en tan solo diez horas de recorrido – todo el recorrido Bilbao-León- que el escritor Juan Pedro Aparicio tuvo a bien hacer  conjunto al fotógrafo y amigo Fernando Diez con la intención de publicar un libro como este que ahora nos traemos entre vías.

El resultado es enorme, mucho mayor de lo que cabría esperar de una crónica o de un libro de viajes, este Transcantabrico inserta, de un empujón, al pequeño tren de la Robla o del Hullero en el centro de la tradición literaria de otros trenes como el Orient Expres de Agatha Cristie, que en Belgrado bien pudiera enlazar con aquel otro “Tren del homenaje a la liberación” del Lowrence Durrell de Antrobus, por ejemplo. Esta adscripción a la literatura de trenes sincera ya en la primera página cuando lo compara con el Orient Express, consigue hacer trascender al Hullero hasta el lugar idóneo para desempeñar la labor de la narración o crónica posterior, tan heroica y memorable como divertida o entrañable, que recuerda a la mano de Chesterton o a los grandísimos perfiles  del “Que bello era Suleyken” de Siegrfierd Lenz, así desfilan por aquí tren y pasajeros: Si apunto alto es porque el asunto bien se lo merece.

A golpe de vía El transcantábrico surca y avanza, confuso se eleva desde la mítica estación de la Robla del viejo Bilbao, primero pegado al río Nervión y luego al Cadagua atraviesa la romana Balmaseda, pasa a través del inquieto valle de Mena, se detiene en las olvidadas estaciones de Villasana, de Nava, de Ungo, parece ir directo a chocar contra la afilada peña que se eleva molar en el cielo al fondo y la cruza y se ensancha y ronronea y bufa y alcanza la meseta y pasa por las abiertas planicies de Bercedo, de Espinosa, por el pantano del Ebro del que asoma única y ciega la torre de la iglesia ahogada, por Mataporquera y la Cistierna, hasta que alcanza, sucio trepidante y exhausto, aquel León de piedra ocre de San Marcos.

Así, en un doble juego de velocidad y fugacidad a través de la ventana – de avance y marcha- como si tanto fuera como dentro el paisaje circulara al mismo ritmo narrativo, Juan Pedro Aparicio nos muestra en abanico a los personajes que componen la ruta; la campesina dormida

que parece la virgen y que al despertar no calla, la vendedora de caramelos que cruza y descruza con sus bolsitas los vagones, el hombre que guarda la tragedia ante el viaje que le hace venir de lejos a un entierro, el industrial, el trabajador, el jubilado, o aquella mujer que se queja y a la que su marido observa divertido.

Y de entre todos, de entre todos ellos, por encima; Chuchi, el maquinista, conductor de la locomotora de la historia, narrador por momentos de la misma, hombre que viaja junto a su puchero lleno de alubias y que convida sin reparo, que come en la máquina y en la máquina parece vivir y que conoce el futuro, el repecho, el recodo, hombre de honda ingenuidad y de esforzado optimismo lleno de sorpresa y que quizá, solo quizá, sea como aquel tren –este- de la Robla; un objeto del pasado, esforzado y querido, que hoy, ya sea gracias a este libro, gracias a la puesta en marcha de nuevo de la mítica línea, recorre el presente y parece recordarnos aquello tan sonado de que gusto da viajar con el chaca-cha del tren.

Son de señalar también las ilustraciones a la acuarela, tan fieles a los lugares y a veces a doble página que nos dejan en esta cuidada edición S. Carralero y Maribel Fraguas, aunque cabe decir que a su vez se echan – más que nada por que se habla de ellas- de menos las fotos que en su día – aquel 1980- debió de hacer Fernand

o Diéz y que uno las debe imaginar al leer como ese pequeño testimonio que el tiempo cuando viaja siempre traspapela.

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