reseña a El agrio, de Valérie Mréjen.

El Agrio

Valérie Mréjen

Periférica

89 Pag.

Valérie Mréjen comenzó su carrera literaria con Mi Abuelo (Periférica, 2007) un libro que fue muy aplaudido en Francia y que aquí tuvo buena aceptación porque supuso cierta visión diferente de la literatura: naiff, deconstruida pero aparentemente transparente, multi-poligonal, cercana a otras plataformas artísticas (el Cine o el videoarte), y, en reglas generales, moderna, efectiva y heredera de Perec, Mi abuelo, dio nombre, voz, estilo y personalidad a Valérie Mréjen. La historia de la novela, narrada a través de breves extractos sin linealidad temporal, como un colage colorido y multiperspectiva, detallaba a través de la figura del abuelo familiar (probablemente el de la propia autora) las coordenadas existenciales de la generación que nació a finales de los 60.

Ahora, con El Agrio (Periférica, 2009), Valérie retoma el mismo esquema formal para hacer frente a una historia de amor –una educación sentimental- el análisis y la revisión (ella misma lo ha dicho) de un romance que vivió en algún momento dado de su vida. Como decía Durrell (siempre estoy hablando de Durrell) “con una mujer sólo se puede hacer tres cosas, amarla, odiarla, o hacer literatura” pues bien, igual pasa con los hombres, supongo. De nuevo, Valérie centra su atención en un personaje principal, El Agrio, y sus extrañas maneras de vivir – Un hombre dado a hacerse retratos con un limón por cabeza, un hombre de pocas habilidades sociales, amante de la comida pero con poco humor, frío y distante aunque preocupado por las peladuras de la fruta y por las cosas pequeñas como los sobres de sopa o las lentejas- para estudiar las posiciones que en una relación ocupan los amantes, y hablarnos de la extraña fascinación que se puede sentir por personas que sabes en cierta medida ridículas o repulsivas, patéticas y crueles, pero a las que inevitablemente no puedes dejar de acercarte y de querer aún poniendo en riesgo tu cordura. En palabras de la propia autora “El Agrio existió y la novela a sido una manera de tomar distancia con los sucesos reales”. No podía ser de otro modo, y al final de la novela, ya pasada la fascinación y el amor, ya aprendida a reírse la voz de la narradora –y amante- de su propio dolor, El Agrio desparece tal y como llegó, disolviéndose en un pequeño y coqueto párrafo.

De esta novela han dicho que es pretendidamente femenina, considero que se trata de una apreciación bastante pobre porque lo cierto es que el retrato que en ella surge no es insultante para el hombre, ni mucho menos, y los análisis que resultan de la prosa de Valérie, valen tanto para unos como para otros, o para unas como para otras. Lo que quizá si que resulte un tanto triste para el lector que ya se enfrentara a Mi abuelo, sea esa repetición en la forma que no aporta nada a la misma. Valérie, en vez de llevar más lejos –o intentarlo- el estilo formal que de algún modo reinventó en Mi Abuelo, ha decidido copiarlo sin llevarlo a otras latitudes. Uno se pregunta si es el resultado de cierta comodidad narrativa, o se trata de que esa forma se quedó estéril tras el trabajo de Mi Abuelo. En cualquier caso, todo aquel que se acerque a Valérie por vez primera con este El Agrio tendrá, (como tuvieron los primeros lectores de Mi Abuelo) en sus manos un libro amable, de una lectura aparentemente fácil, aunque llena de correlatos y de niveles, y en general, descubrirá algo pequeño pero hermoso como una puñetera cajita de música pop.

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