Escribir en tiempos de crisis.

De un tiempo a esta parte proliferan los títulos sobre guerras de cualquier tipo. Antony Beevor, cuyas recopilaciones de anécdotas soldadescas me han hecho pasar grandes ratos, vende muchos, pero muchos ejemplares. Tenemos biografías de Goebbels recién estrenadas, recopilaciones didácticas de toda índole sobre la reciente Irak, Iran, Afganistán y todas sus áridas hermanas, primas y allegadas (pienso en el Título Soldados a caballo, entre otros). Revisiones históricas más políticas como las Decisiones trascendentales de Kershaw, o la Biografía de Hitler que Península reeditará próximamente en un volumen, y si esto de nuestro pasado reciente no nos interesa demasiado porque los muertos ciertos nos pesan a la espalda, tenemos muertos de ficción hasta en la sopa: zombies, mundos que se van al garete, revientan, estallan o penden al borde del colapso.

Las noticias ayudan: Discutimos permanentemente sobre si desenterrar los cadáveres de nuestros caídos está bien o por el contrario es prevaricación. Y es que nos mola sumergir el ojo en la sangre como al olivo su mochuelo, o al revés. Este año se han ido dos grandes de la literatura: Salinger y Sillitoe, ambos fueron en su vida de la mano pese a no conocerse jamás. Sus obras “El Guardián” y “El Corredor”, según las escuelas críticas, pertenecen al mismo acierto: sus vidas, dándole un golpe de muñeca a la wikipedia, tienen ciertas similitudes. Entre otras cosas, los dos se lo pasaron en grande en la segunda guerra mundial. Salinger en Omaha y Sillitoe en la RAF, en el pacífico. Fue después del conflicto cuando comenzaron a escribir. No son los únicos a los que la destrucción pareció despertarles el apetito: Hemingway es otro, Tobias Wolfe, J.G Ballard, Grossman (y estos, todos, en la misma batallita) que se disparan (nunca mejor dicho) si nos paseamos arriba o abajo a lo largo de la historia. Todos ellos dieron lo mejor de sí mismos después de conflictos armados, y es que no resulta novedoso decir que los periodos posteriores a grandes crisis o esos otros denominados periodos de “entreguerra” ayudan a las ideas en la medida en la que atentan contra una sociedad que se duerme en los “burdeles” de sus burguesas condiciones. Los recortes del gobierno deberían ayudarnos a escribir una o dos novelas, también podrían hacerlo (ayudar) los millones de parados, si se les ocurriera armarse con antorchas y dejar de ser una multitud silenciosa que la sociedad guarda como el fantasma de la ópera se guardaba de su rostro. Y es que parece que, aunque en tiempo de crisis la cosa no nos basta, no da lo suficiente como para resultar una etapa floreciente, y entre tanto seguimos (me sumo) consumiendo literatura de bombazo y metralleta, literatura y cine que presagia el fin del mundo, como si acaso ver el asunto a través de una pantalla lo convirtiera en un accidente lejano y geográfico que en nada nos atañe, en el que no podemos tropezar. Tenemos nostalgia del muerto pero no queremos contar el muerto presente. La situación no podría ser mejor para armarse con la pluma: se me ocurre que quizá podamos aprovechar lo que el momento nos brinda. Que hoy seamos más pobres que ayer no es excusa para serlo intelectualmente. Contemos la guerra de una vez y dejemos de inventarla o re-narrarla.

Recuerdo el chiste de repente. Es malo pero revelador:

–          ¡General, general! Hemos perdido la batalla.

–          ¡Pues búsquenla, carajo!

Y así, con todo.

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